Agua viva

La niña estaba junto a su casa canturreando lindas canciones que le había enseñado la madre. Ella la observaba por la ventana mientras hacía rica comida con habichuelas, lentejas y carne picada. La niña empezó a llorar desconsolada. Sus llantos y sus gritos sonaban como un pájaro herido.

La madre oyó el grito ahogado de su hija y se le cayó al suelo el cucharón que llevaba en la mano y un cuchillo que estaba cerca. Salió corriendo hacia el bosque y pensó en ir a buscar a su marido al puesto de montaña donde él trabaja.

La pequeña estaba desorientada por el sol radiante que le pegaba en la cara. Se dio cuenta que estaba mojada, pero no recordaba cómo había sucedido. Entonces empezó a recordar que estaba cantando y preparando a su muñeca para ser princesa.

Recuerdo que fui a beber al río porque tenía sed. Al llegar a él, metí mis manos. Algo me las cogió y me caí al agua. Entonces sentí como me convertía parte del río y luego fue como si la corriente me llevará. No se en que momento perdí la memoria, porque no recuerdo cómo he llegado ha éste lugar.

¿Qué hago en esta cueva? —me pregunté nerviosa.

Mientras me agarraba con fuerza mis piernas.

Su madre llegó, gritando y nerviosa, al puesto de su marido. Estaba atormentada por lo sucedido. Cuando consiguió calmar sus nervios le contó la historia.

—Mi vida, ¿estás segura de que no está en su habitación? —el marido la tranquilizó con estas palabras.

—No lo sé, pero lo que sí que sé con certeza es que sus gritos provenían del bosque y sus juguetes estaban tirados en el jardín, pero ella no estaba.

La niña se sentía triste y abandonada y el reflejo de su cara en un charco le hacia pensar lo peor. Su cara estaba pálida y sus ojos azules estaban rodeados de ojeras. El ser que le había arrancado de su hogar. No sabía realmente qué quería o qué buscaba en ella con tanta insistencia. Pensó en sus padres y en lo desesperados que estarían buscándola.

Todo el pueblo la buscó  desesperado por el bosque, gritando su nombre:

—¡Carla, Carla!

Pero cuando anocheció, no hubo más remedio que irse y sus padres cabizbajos se fueron desesperanzados.

—Mañana seguiremos buscando hasta que nuestros pies y nuestras piernas se derrumben —dijo el jefe de policía.

—No se preocupe Ian, la encontraremos. Dándole ánimos se acercó y le dio una palmada en el hombro a mi padre.

Carla estaba ansiosa porque había oído a sus padres gritar su nombre. Ella también había gritado y pataleado dentro de la cueva, pero sólo le respondía su propio eco. Entró una corriente de aíre intenso que alborotó su pelo. Esto hizo que no viera que había una columna de piedra justo delante de ella y se dio un golpe tan fuerte que cayó al suelo inconsciente.

El bosque parecía triste y desolado por la tragedia. Era el bosque “maldito” en donde sólo se oían perros y policías dando órdenes a una multitud de gente que la buscaba. Los animales, con tanto revuelo, corrían despavoridos al verlos porque para ellos eran intrusos.

Sus padres, desconsolados después de dos días de búsqueda  intensiva, ya no sabían qué pensar. No había ningún rastro de ella ni de su ropa desgarrada tirada por el bosque, ni pisadas de algún extraño. Todo era normal excepto que su hija había desaparecido. Estaban en su casa desorientados, pensando qué se les escapaba de aquella mañana. La madre salto histérica a llorar y mi padre la abrazo.

—¿Hay algo que vieras raro esa mañana? —le preguntó, intentando animarla.

—La verdad es que fue todo tan rápido. Yo estaba cocinando cuando, de repente, oí los gritos. Miré hacia donde estaba la pequeña Carla y solo vi sus muñecas sentadas en el césped, pero no a ella.

—¡Esto es frustrante! —se lamentó como un pájaro herido y siguió con la conversación entre sollozos.

—Aquella mañana me dio un gran beso y unos abrazos matutinos, era tan cálida.

La niña estaba despierta, pero a la vez soñaba con comida imaginaria: jugosas frutas del bosque, ricos filetes de carne y pasteles de chocolate. Todo esto lo comía con sus padres que le sonreían al ver como devoraba la comida. Estaba tan hambrienta que cada día sus sueños eran más delirantes. Lo que le daba de comer esa cosa era pescado crudo y, alguna vez que otra, bayas del bosque mojadas —¡Eso no era comida, era un suplicio!—. Después de comerlo, siempre lo devolvía. No podía seguir así. Necesitaba salir de allí.

La policía se movía incesante por el bosque. Ella oía sus voces buscando debajo de cada piedra, cueva y tronco caído sin encontrar rastro de ella. El jefe de policía llamó a sus guardias a través del comunicador.

—Muchachos, ¿Habéis encontrado algo? —dijo a través del aparato.

—No, señor, sólo hemos encontrado  animales asustadizos y una ardilla muerta —dijeron sus subordinados en tono serio.

—Bueno, chicos, lo dejaremos para mañana. Nos retiramos —dijo resignado.

Estaba sola y quería escapar de allí. Me levanté para examinar el terreno y descubrí huellas repletas de agua. Eran como pequeños charcos que me llevaban a la cascada. Fui directa hacia ella y saqué la mano por ella. Sentí el aíre y el agua pasando ligeramente por mis dedos. Cerré los ojos con fuerza y salté. Entonces una mano mojada atrapó mi brazo y mi salto se convirtió en un salto para atrás, como los cangrejos. Mi pequeño cuerpo impacto contra el suelo. Enfurecida golpeé la piedra caliza y le grité:

—¡¿Por qué?!

Mis ojos miraban al vacío de la cueva. Cuando solté un grito ahogado, desconsolada me puse a llorar durante horas. El eco reproducía mi llanto con tal fuerza que retumbó en mis oídos.

—¡Maldito cobarde! —le grité y seguí llorando hasta que el cansancio me venció y me quedé hecha un ovillo en la fría piedra.

Su madre recordó la noche que nació, tan pequeña y regordeta. Ella estaba caminando aquella noche con su marido entre los árboles. Se encontraban  allí esa noche para buscar un poco de tranquilidad. En el pueblo celebraban, por aquel entonces, la fiesta del solsticio de verano; con música, ventas de productos del pueblo y sorteo de animales.

La oscuridad se sentía por todo el bosque y el sol cada vez se escondía más. Miramos hacía el cielo que poco a poco dio paso hasta llegar a la noche, y con ello, a la reluciente luna. Nuestro refugio estaba lejos y ya no podíamos volver porque nos perderíamos irremediablemente en la oscuridad. Buscamos un lugar donde guarecernos y encontramos  un hueco en un enorme árbol. Cuando entramos en él se ensanchó para que cogiéramos los dos. Me extrañó su comportamiento, pero no me importó. Entonces me acomodé y mi marido me abrazó y puso su mano en mi vientre.

En ese mismo momento empecé a sentir contracciones y el cielo empezó a tronar. Los rayos eran tan intenso que iluminaron la noche con sus estallidos de luz y ruido estridente. Uno de ellos alcanzó a un árbol cercano a nosotros y empezó a arder. Yo gritaba de pánico al sentir el humo y las llamas. Mis contracciones eran cada vez más fuertes hasta el punto de destrozarme por dentro. De repente, el suelo se cubrió de agua. Mis gritos me desgarraban la garganta y mi marido se puso entre mis piernas abiertas, entonces gritó:

—¡¡Empuja fuerte!!

Tenía miedo, pero debía empujar para que la niña saliera. En mi interior sentía el fuego acercándose a nosotros. Chillaba para empujar. Estaba cansada, pero Ian me dio ánimos:

—¡Venga que ya está aquí! Ya veo la cabeza.

Empecé a empujar con las pocas fuerzas que me quedaban.

Cuando la pequeña carla salió. Empezó a llover, sofocando el incendio que venía a engullirnos. La niña salió bien. Ian le cortó el cordón umbilical y le puso una pequeña pinza del pelo que encontró en mi mochila. Le cubrió con una toalla y me la dio. Era preciosa. Su piel estaba roja de la sangre, pero su cara era tan redonda que parecía una pequeña bola de caramelo.

Al amanecer, estábamos Ian y yo abrazados con nuestra pequeña carla entre nosotros. El día resplandecía con la luz del sol. Nos levantamos cansados después de una noche llenas de nervios y de alegrías. Yo no podía andar, así que mi marido decidió ir a la cabaña porque los móviles en esta zona no tenían cobertura para llamar a la central de emergencias. A las dos horas de haberse ido él, nos despertó el sonido del helicóptero a Carla y a mí. Al despertar, vi que junto a mí estaba Ian que desprendía cierto nerviosismo.

—Me llevaré a la niña al hospital en coche y tú te iras en el helicóptero —dijo con ímpetu.

Bajaron una camilla y mi marido me ayudó a subirme en ella. Me ató bien con las correas y me subieron poco a poco hasta llegar arriba donde había personal médico para atenderme.

—¡Qué recuerdos! La echo tanto de menos que me duele y me desgarra el corazón el pensar que esté muerta —Al final de la frase soltó un suspiro y miró a Ian.

La niña paseaba continuamente por la cueva. Estaba harta de esperar. Aquel aburrimiento la devoraba y, peor aún, conseguía volverla loca. Sin pensarlo miró al frente, cogió carrerilla con todas sus fuerzas y saltó de nuevo. Notó el agua en su pelo, en su piel y por todo el cuerpo. Se sentía libre después de estar días encerrada. Entonces percibió el aíre y el sol en su cara, luego la fuerza del agua al caer al fondo que la envolvió.

Creyó que era libre, pero de repente, una corriente de agua le absorvió y perdió el conocimiento. Entonces desperté de nuevo en esa cueva otra vez. Empecé a chillar:

—Agua viva muéstrate, ¿por qué me haces esto? —luego caí al suelo extenuada y derrotada.

Estaba ya resignada a morir allí, cuando sentí una presencia detrás de mí que me hizo sobresaltarme. Tuve miedo de volverme. Los minutos empezaban a pesar por la larga espera, hasta que por fin decidí enfrentarme a él. Pero antes de que lo hiciera me tocó el espectro de agua en el hombro, dejándolo mojado.

—No tengas miedo —dijo—. Salpicándome con una pequeña llovizna cuando me hablaba.

Me volví para ver su rostro, pero había desaparecido. Miré a ambos lados:

—¿Quién eres? ¿Dónde estás? —dije desconcertada—. Apareció entre el agua de la cascada su cara, alargada y redonda; y sus ojos eran azules como el color del cielo cuando anochece. Entonces él empezó a hablar.

—Soy tu protector, tu hermano, tu maestro, tu conciencia y sin lugar a duda, tu sombra y a la vez tu reflejo. Tú eres hija de la naturaleza. Estoy aquí para que vuelvas con tus hermanos y tu padre. Esté no es tu mundo. Te salvamos cuando tan solo eras un bebé y por lo tanto, nos perteneces. Eres una diosa agua ,Agea.

—Yo soy de este mundo. Ya tengo padres. No necesito más que volver con ellos —dije con fuerza para que respetara mi decisión y empecé a lloriquear.

—Tarde o temprano volverás a nosotros. Nos perteneces —dijo con sentido de propiedad.

Mis lágrimas atrajeron al agua de la cascada hacía a mí y me convertí en parte ella. En ese instante, sentí como mi mente se desvanecía y todo se volvía borroso, entonces, me convertí en parte del río, y en ese momento, me sentí viva al fluir entre los rápidos y remolinos que me llevaban como una rama caída .

En esos minutos de paz,  oí la voz de mi madre, “hija despierta”. Sentí un impulso con fuerza desde mi pecho y mi ojos se abrieron. Miré a mi madre. Cerca de ella estaba el jefe de policía y un médico que me observaba con incredulidad. Mis fuerzas estaban por los suelos. No podía ni hablar, ni levantarme; sólo podía mirarlos y sonreír por haber vuelto a su lado.