El fluir de la caída

August 21, 2015 Relato Comments (0) 118

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El agua me rodeaba y me conducía río abajo, me arrastraba junto a los sedimentos que se desprendían convirtiéndome en parte de ellos. Seguía cayendo entre sus torrentes formando parte del raudal que me hacia sentir como un tronco a la deriva. Mi mente dispersa y descompasada creaba huecos blancos que me hacían olvidar el momento que me sumergí en ella para ya no salir.

Mientras descendía con la corriente, mi mente comenzó a ver entre los árboles un trozo de cielo que me rememoró aquella noche llena de estrellas; y junto a mí, la chica que se atrevió en ese campamento a sonreírme. Esa chica tan sorprendente fue la única razón para recordar el campamento.

Quizás está era la única situación en mi vida, que no tengo la seguridad de mirar por los mismos ojos de mi madre, simplemente voy hacia un vacío sin certeza de que me pasará y mientras la furia de los torbellinos se movían y se retorcían entorno a mí.

Seguía bajando, bajando, y no me paraba ante nada, el agua se metía en mí como un gélido abrazo. Los abetos de la orilla se veían difuminados por el cansancio, las hebras de las plantas se asemejaban a un moho verde, yo parecía formar parte de ellos.

 

Dirigí mi mirada al cielo y las nubes vigilaban mi caída, hasta que apareció una sonrisa dibujada en ellas y de repente, una piedra impacto contra mí sin remedio. Mi cuerpo se envolvió de caos y una oscura tetra manchaba el interior de mis párpados, sumergiéndome en un mundo de puntos que revoloteaban en mi cabeza, eran cometas en un espacio vacío y inconcluso de la mente.

Una voz entrecortada, repetía una frase que solo se entendía está única palabra, huye…huye…huye. Qué quería mi subconsciente mostrarme esto, cómo he llegado a este río, quizás era una pista para descubrir que pasó ¿De qué huyó? Es lo que me cuesta comprender. Estaba navegando entre una turbia profundidad que todavía no me dejaba ver nada.

 

Surgió ante mí la cara de mi madre dibujada en una lámina, que le había regalado por su cumpleaños, su mirada me me atravesaba el rostro. Entonces vi lo que pretendía hacer y me apartarte de ella, pero sus manos salieron del papel atrapando mi cuello, intenté zafarme de sus brazos y los agarré con ahincó para apartarlos de mi garganta; que gorjeaba descompasada, cada vez era más intensa la sensación de ahogó. Es ahí cuando, observé mi final en unas manos tan mías y a la vez tan ajenas.

 

Mientras luchaba por no perder la vida, detrás de mi madre, asomaron unas manos en la penumbra, intenté cogerlas pero no pude alcanzarla.

En ese momento resurgieron arrancando los brazos de papel de mi cuello, estos disiparon, dejando pasar el aíre que entraba como un vendaval. Desperté y emergí a la vida, un rostro que años atrás se dibujaba ante mí, ahora volvía a mí, su cálida y madura ternura. Era ella.

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La escurridiza mujer

January 20, 2014 Relato Comments (2) 94

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Mis pasos me resultaban pesados, pero por mucho que anduviera no encontraba solución a nada. Eso me llevó a seguir deambulando por las calles y luego hasta un bosque cercano, colindante al pueblo. Entonces recordé un acantilado que estaba cerca de allí, el cual, iba cuando era pequeño. Sin duda allí había vivido bastantes aventuras con mi hermano Gabí, por ello vivía tan fervientemente esa época.

Cuando llegué vi que todo me evocaba a esos días de playa con mi hermano, me sentí contento al rememorar las carreras entre la arena, y al romper las olas contra las rocas resonaron nuestras risas en mí mente. La única diferencia es que ahora tenía veinte años más que por aquella época, cuando solo tenía diez años. La bajada por las escarpadas rocas hasta llegar a la pequeña playa me costó más que en mis días de niñez.

Seguí paseando por la playa con mis pensamientos y cuando ya di varias vuelta a ella me fije en el majestuoso paisaje y en sus piedras puntiagudas y esculpidas por el viento. Entonces, vi un vestido blanco que el aire llevaba de forma ondulante de un lado a otro. Pensé diversas conjeturas de por qué estaba allí esa prenda, al final no le di importancia, seguí caminado como si nada.

Ya no sabía el motivo por el cuál  había salido de casa, quizás solo quería olvidar mi propio mar interior que me atormentaba y encontrar lo que un día creí perdido en esta playa.
Me había casado muy joven y ni siquiera sé, si eso es lo que quería.Tenía dos hijos de cinco y ocho años, Caler y Mina. No me podía quejar, trabajaba por mi cuenta de carpintero y Teresa, mi mujer, era adorable y complaciente.

El cielo empezó a ponerse de un color anaranjado y en ese momento comenzó a oscurecer y decidí volver a mi vida de nuevo, entonces, mis ojos dirigieron una última mirada al mar y de repente, como de la nada, salió una mujer del mar embravecido, de su cuerpo desnudo solo distinguí su redondez y sus pechos menudos, no distinguí su cara, sólo sé que ella al verme huyó, subió ágilmente el acantilado, cogió su vestido blanco y desapareció.

Yo me quedé paralizado y conmovido por su imagen pétrea y su figura corriendo desnuda, a la vez eso me excitó y me sentí avergonzado. Pero durante unos segundos me replanteé no volver a casa y esperar su vuelta hasta el día siguiente, para poder disfrutar de nuevo de ella desde la lejanía. Lo vi absurdo, porque ella nunca volvería allí, por eso decidí regresar para no perder lo que ya tenía.

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El abecedario dentro del ombligo

December 26, 2013 Relato Comments (0) 70

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El abecedario estaba colgado en la pared, yo perplejo lo miraba sin comprenderlo. Me costaba concentrarse en sus letras, que no tenían ningún sentido para mí. Eran tan diferentes y tan faltas de significado, que para mí mente solo eran símbolos perdidos en el espacio.
 

Mi teoría que era bastante descabellada, fue llamada por mí “El abecedario dentro del ombligo” que trataba de lo siguiente:Un buen día observando mí ombligo, en mi habitación, descubrí el por qué las letras del abecedario no seguían ningún orden.

“El abecedario para mí era un agujero negro; no se ni cómo ni cuándo se formó. Pero yo tenía la certeza, que las letras salían por un punto parecido a mí ombligo, que para mí mente imaginativa de niño, era el final del agujero negro.”
 
Yo me frustraba por no entender a esas malditas letras, por ello, no conseguía aprendérmelas. Pero sin embargo, los número no tenían ningún secretos para mí; me encantaba sumar, multiplicar y restar. Pero esas letras dichosas no eran para nada mi fuerte, en consecuencia, siempre que recitaba el abecedario me saltaba alguna letra.
 
Llegó el momento en que su profesora Matilda, mujer de letras, le dijo, “¡Lucas, dime el abecedario!”, entonces él desconcertado miró a la maestra. Su silencio llenó todo el espacio. La maestra cansada de esperar a que yo lo recitara, me preguntó, ¿Si me lo sabía?. Yo le contesté que no había conseguido aprendérmelo porque no lo entendía. Ella ante mí contestación, se quedó pensativa, hasta que por fin después de tener a toda la clase en ascuas, me dijo lo siguiente: ¡No lo tienes que entender, Lucas, solo tienes que aprendértelo!
Yo le sonreí con una sonrisa de aceptación, pero su contestación no consiguió amainar mi incertidumbre. Entonces le expliqué mi teoría “El abecedario dentro del ombligo” ella me miró, hizo un silencio, dijo “¡Carlitos mira que eres vago, no hace falta inventarte tan descabellada escusa para escaquearte de decirme el abecedario!” Yo bajé la cabeza y todos los niños empezarón a murmurar.
 
Así quedó la historia que me traumatizó durante largos años, quedando gravada dentro de mis recuerdos a fuego vivo. Todavía no entiendo el mecanismo de las letras, pero he aprendido durante estos años que son parte de un mundo tan antiguo que aunque no se rijan por el mundo de la lógica y las mátematicas, son esenciales para las personas y para el mundo.
Las letras juntas hacen palabras, esas palabras forman párrafos y ellos a su vez textos tan bellos como la poesía y tan extensos como la novela, para los amantes de la investigación tesís.

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El tenedor que apunta a la verdad

September 24, 2013 Relato Comments (2) 78

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Rosa era una persona que amaba la palabra amor. No por su significado tan variado, sino porque pensaba que a todo había que añadirle ese variopinto ingrediente tan popular llamado amor. Pero sin embargo lo paralógico es que ella se dedica a investigar la falta de él y otros misterios que ahora mismo no vienen al caso. Su amado era su propio trabajo todavía no había encontrado nada que lo pusiera en segundo plano.

 

La verdad era que sabía de sus métodos, pero no que fueran tan eficaces. Empezaré desde el principio, una noche no lo suficiente lejana, estaba yo cenando con ella y mi marido.  Bueno, la noche siguió bastante tranquila  y incluso aburrida, incluso la cena no sabía del todo bien, era más bien sosa. Su comportamiento de ella bastante raro, me resultaba sospechoso, más fuera de lo común de lo que nos tenía acostumbrado. Por su específica conducta o más bien una obsesión por el tenedor de mi marido, me hacía sentirme incomoda.

 

De repente Rosa me miró y me cucó el ojo, y entonces, me dijo de forma irónica: “¿Te vienes al baño?”. Yo le  respondí con un movimiento de cabeza y me levante. Mi marido nos observaba con una mirada de incredulidad y a la vez indiferente al dirigir de nuevo sus ojos hacia a su plato de cordero envuelto en una salsa verde, no muy apetecible.

 

La seguí al baño no muy atenta a lo de mi alrededor. Solo seguía el  camino que ella me mostraba. AL llegar nada me parecía extraño, solo éramos dos mujeres que iban al aseo. Me pregunté que me querría decir, pero viniendo de ella cualquier cosa se puede esperar. Cuando ya estábamos dentro, me confesó algo que me costó creer. Es algo que jamás hubiera esperado de ningún modo de esa persona tan querida.

 

La conversación comenzó de la siguiente manera:

 

—¿ Tú has visto cómo coge tu marido el tenedor?

 

—Sí, por..

 

—No se, porque estaba llevando un caso en Río de Janerio, ya sabes una cuestión de cuernos que te mencione.

 

—Ahh, me suena vagamente, no lo recuerdo muy bien.

 

—El magnate forrado que me contrato para seguir a su mujer por esa ciudad. El hombre que estaba con ella cenando me resultaba familiar, pero no podía ver su cara desde el ángulo que estaba. Solo la veía a ella con gran claridad y al hombre sin embargo, solo veía sus manos las cuáles me resultaron de gran interés. No se que veía en ellas, me resultaban tan — le interrumpí— conocidas para ti.

 

—Exacto.

 

—¿Es alguien conocido por ti y por mí?

 

—Por las dos, lo que pasa es que no se si debo decírtelo. Es algo que creo que debería hacerlo el mismo.

 

—¿¡ No me fastidies que es mi hermano Mauro?! —resoplé— ¡Menudo sinvergüenza!.

 

Bajé la cara hacia abajo avergonzada de ser de su misma familia de mi hermano, el rufián, que no tenía miedo de la propiedad ajena a él mismo.

 

—Más quisiera yo que fuera el capullo de tú hermano —dijo mirándome a los ojos compungida— es alguien a quien amas y que tú creías que te amaba de verdad.

 

—No puede ser Mario, no puede ser él, es imposible. ¿Por qué crees que es él?  —le grite— ¿Por qué dímelo?.

 

—Lo he descubierto hoy en la cena.

 

—¡¿ Cómo?! —dije desconcertada.

 

—Su tenedor, o más bien, su forma de cogerlo.

 

—¡¡ Que dices!!, no tiene sentido acusar a una persona por como coge el tenedor, es absurdo —dije irritada.

 

—No me crees  —hizo un silencio y luego prosiguió enfadada— esto es indignante, juzgar mi trabajo.

— Ya que no te convence lo que te digo, te enseñare la prueba concluyente de lo que te he contado.

 

Sacó del bolso color caqui, no muy elegante, un sobre que me extendió y el cual yo cogí con rapidez. Me fijé en las manos y efectivamente era cierto. No solo eso, el traje que llevaba se lo había regalado yo. No me podía creer que fuera verdad su intuición, hasta que vi sus manos. Lo que más me enfureció, fue la mano de ella cogiendo la suya y mirándole con unos ojos que le devoraban con la mirada. Me había mentido, desde luego, no era una simple reunión de trabajo. Entonces, quité la mirada de esa foto y me volví hacía el espejo y vi  mi cara desencajada y descolorida.

 

Mire a mi a mi gran amiga y grite:

 

¡¡Maldito tenedor!!

 

Cuando llegué a la mesa no pude a mirarle a la cara, solo podía odiarle y no tenía nada que escuchar de él. Me levanté, me acerqué a él, le di una última ojeada de despecho. En ese momento, una furia recorrió todo mi cuerpo y me hizo explotar de una manera poco común en mí. Cogí el plato de su comida y se lo vacíe encima cubriéndole de salsa verdosa, y seguidamente se lo estampé en la cabeza y eché a correr. En ese momento no pensé en su bienestar, sino en mi corazón roto y desgarrado por su traición. Ahora me arrepiento por mi comportamiento intolerante, pero por aquél tiempo solo me preocupaba mi ego herido.

 

Mi amiga Rosa flipó con mi reacción, no hizo nada, dejó que me fuera corriendo. Mario sin embargo, se quedó pasmado ante mi loca conducta. Ahora la única relación que tenemos, son unos papeles fríos que no significan nada para mí y todo para él. Me imagino que  quiere romper con la exmujer desequilibrada en que me he convertido. Me alegro de haberlo dejado, pero no de como sucedió todo. Ahora me siento que mi vida está perdida. No se si tendré fuerzas para conocer a otra persona y ni siquiera se si me aceptarán los hombres, después de lo sucedido. A pesar de todo, aún sigo queriéndole a él.

 

Rosa no se si volverá a decir a una amiga que es una cornuda. Ella me anima más bien como puede, dentro de su capacidad de amiga, la cuestión es que se encuentra a mí lado y eso es lo que cuenta. No se si echarle la culpa al tenedor o a mí misma por no saber lo que necesitaba. Aunque la verdad los dos tenemos algo de culpa, o eso es lo que me suelo repetir. No lo escuché. Solo reaccioné. No se si esa foto me muestra su cara oculta o son imaginaciones mías. Pero para que pensar ahora ya está echo.

 

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La personalidad

July 12, 2012 Relato Comments (0) 57

    Estaba en el tren al lado de una chica que vestía un estilo punk. Yo estaba pensativa y nerviosa, no paraba de moverme. Ella me miró con cara de curiosidad.

━Te veo nerviosa ━me dijo.

━Solo estoy emocionada. Porque puede que comience una nueva vida y no sé cómo va salir ━dije con cierta emoción e incertidumbre.

Ella perpleja me miró y me dijo:

━Solo despega y vuela, lo demás ya vendrá.

     Me quedé pensativa durante un largo rato, sintiendo miedo al pensar que ya no era una niña. El pensarlo hacía que mis piernas temblaran. También tengo temor a equivocarme y que no haya vuelta atrás.
━Eso espero.. ━dije con una sonrisa irónica.
━Ahh, por cierto ━me dijo ━me llamo Amanda.
━Lo siento por no presentarme antes ━soltó una pequeña sonrisa tímida.
━No pasa nada, yo soy Sofía ━le dije yo, de manera respetuosa.
Cuando llegué a puerta de atocha me despedí de la chica y le agradecí su buen consejo.

━Espero que soluciones todos tus miedos ━me lo expresó como si yo fuera su amiga. ━Yo le miré, le dije ━Gracias.

     Al bajar del tren cogí la escalera mecánica, proseguí por el largo pasillo que tenía una rampa deslizante. Por fin estaba aquí, en busca de un futuro que me llenará de posibilidades. Al llegar a la puerta, me toqué la oreja y comprobé que mi pendiente no estaba, y me dije a mí misma,”¡ya estoy gafada!”.
Si os digo la verdad yo antes no creía en estás chorradas, pero me los había regalado mi madre y cada vez que perdía uno, se enfadaba bastante conmigo y el mundo parecía conspirar contra mí. Haciéndome sentir tan deprimida que todo me salía al revés.

     Después de esperar largas semanas…la entrevista ya ha llegado. Cogí varias líneas de metro hasta llegar a mi destino. Pensé en cómo afrontar mi primera entrevista de trabajo. Me vino a la mente la siguiente frase: “La vida trae posibilidades, solo tú puedes aprovecharlas”. Las cuales me levantaron los ánimos.

     Al entrar me senté en un sofá, a la espera que el reloj de la sala dejará de sonar con sus insistentes tintineos al pasar cada segundo. Mis nervios estaban que querían salir por mis poros. Después de veinte minutos en esa horrible sala, se abrió la puerta y salió para mi sorpresa aquella chica Punk, Amanda. Era imposible, no me lo podía creer, que terrorífica coincidencia. Ella al verme me sonrió y se largó sin más. Mi cuerpo dejó responderme. No parecía la misma, su ropa ahora era más formal y su manera de sonreír era comedida.

     Me levanté para ir hacía la puerta abierta, y al llegar a la habitación sólo había; una mesa, tres sillas vacías y una máquina de agua. Me pregunté:

━”¿Dónde estará la entrevistadora?” Que ridícula pregunta, entonces deduje que era  Amanda .

     Me senté otra vez en el sillón y me caí tan derrotada al recordar mi estúpida actuación en el tren.
Estaba tan impactada, que no me di cuenta ni cuando ella entró.

━Hola Sofia.

━¿Cómo está? Espero que bien ━dijo como pequeña broma.

━Que coincidencia el mundo es un pañuelo ━dije en tono formal.

     Luego ella siguió con una prueba psicológica. Me preguntó acerca de qué haría si me encontraba en ciertas situaciones comprometidas en mi vida personal, y yo respondí con cierta brevedad. Estaba incómoda ante ellas. No comprendía como para ser una simple secretaria de un abogado necesitarán tantos datos de mi personalidad.

━”seguro que la anterior secretaria le había causado problemas en esos aspectos” ━Pensé.

Después de mi interrogatorio, percibí en su cara cierta decepción.

     Aquí termina mi historia con esa chica. Porque cuando salí de allí jamás le he vuelto a ver. Aprendí de esta experiencia, que las coincidencias pueden ser un arma de doble filo, y que debes tener en cuenta tu personalidad a la hora de enfrentarte a una entrevista.

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Agua viva

February 21, 2012 Relato Comments (0) 80

La niña estaba junto a su casa canturreando lindas canciones que le había enseñado la madre. Ella la observaba por la ventana mientras hacía rica comida con habichuelas, lentejas y carne picada. La niña empezó a llorar desconsolada. Sus llantos y sus gritos sonaban como un pájaro herido.

La madre oyó el grito ahogado de su hija y se le cayó al suelo el cucharón que llevaba en la mano y un cuchillo que estaba cerca. Salió corriendo hacia el bosque y pensó en ir a buscar a su marido al puesto de montaña donde él trabaja.

La pequeña estaba desorientada por el sol radiante que le pegaba en la cara. Se dio cuenta que estaba mojada, pero no recordaba cómo había sucedido. Entonces empezó a recordar que estaba cantando y preparando a su muñeca para ser princesa.

Recuerdo que fui a beber al río porque tenía sed. Al llegar a él, metí mis manos. Algo me las cogió y me caí al agua. Entonces sentí como me convertía parte del río y luego fue como si la corriente me llevará. No se en que momento perdí la memoria, porque no recuerdo cómo he llegado ha éste lugar.

¿Qué hago en esta cueva? —me pregunté nerviosa.

Mientras me agarraba con fuerza mis piernas.

Su madre llegó, gritando y nerviosa, al puesto de su marido. Estaba atormentada por lo sucedido. Cuando consiguió calmar sus nervios le contó la historia.

—Mi vida, ¿estás segura de que no está en su habitación? —el marido la tranquilizó con estas palabras.

—No lo sé, pero lo que sí que sé con certeza es que sus gritos provenían del bosque y sus juguetes estaban tirados en el jardín, pero ella no estaba.

La niña se sentía triste y abandonada y el reflejo de su cara en un charco le hacia pensar lo peor. Su cara estaba pálida y sus ojos azules estaban rodeados de ojeras. El ser que le había arrancado de su hogar. No sabía realmente qué quería o qué buscaba en ella con tanta insistencia. Pensó en sus padres y en lo desesperados que estarían buscándola.

Todo el pueblo la buscó  desesperado por el bosque, gritando su nombre:

—¡Carla, Carla!

Pero cuando anocheció, no hubo más remedio que irse y sus padres cabizbajos se fueron desesperanzados.

—Mañana seguiremos buscando hasta que nuestros pies y nuestras piernas se derrumben —dijo el jefe de policía.

—No se preocupe Ian, la encontraremos. Dándole ánimos se acercó y le dio una palmada en el hombro a mi padre.

Carla estaba ansiosa porque había oído a sus padres gritar su nombre. Ella también había gritado y pataleado dentro de la cueva, pero sólo le respondía su propio eco. Entró una corriente de aíre intenso que alborotó su pelo. Esto hizo que no viera que había una columna de piedra justo delante de ella y se dio un golpe tan fuerte que cayó al suelo inconsciente.

El bosque parecía triste y desolado por la tragedia. Era el bosque “maldito” en donde sólo se oían perros y policías dando órdenes a una multitud de gente que la buscaba. Los animales, con tanto revuelo, corrían despavoridos al verlos porque para ellos eran intrusos.

Sus padres, desconsolados después de dos días de búsqueda  intensiva, ya no sabían qué pensar. No había ningún rastro de ella ni de su ropa desgarrada tirada por el bosque, ni pisadas de algún extraño. Todo era normal excepto que su hija había desaparecido. Estaban en su casa desorientados, pensando qué se les escapaba de aquella mañana. La madre salto histérica a llorar y mi padre la abrazo.

—¿Hay algo que vieras raro esa mañana? —le preguntó, intentando animarla.

—La verdad es que fue todo tan rápido. Yo estaba cocinando cuando, de repente, oí los gritos. Miré hacia donde estaba la pequeña Carla y solo vi sus muñecas sentadas en el césped, pero no a ella.

—¡Esto es frustrante! —se lamentó como un pájaro herido y siguió con la conversación entre sollozos.

—Aquella mañana me dio un gran beso y unos abrazos matutinos, era tan cálida.

La niña estaba despierta, pero a la vez soñaba con comida imaginaria: jugosas frutas del bosque, ricos filetes de carne y pasteles de chocolate. Todo esto lo comía con sus padres que le sonreían al ver como devoraba la comida. Estaba tan hambrienta que cada día sus sueños eran más delirantes. Lo que le daba de comer esa cosa era pescado crudo y, alguna vez que otra, bayas del bosque mojadas —¡Eso no era comida, era un suplicio!—. Después de comerlo, siempre lo devolvía. No podía seguir así. Necesitaba salir de allí.

La policía se movía incesante por el bosque. Ella oía sus voces buscando debajo de cada piedra, cueva y tronco caído sin encontrar rastro de ella. El jefe de policía llamó a sus guardias a través del comunicador.

—Muchachos, ¿Habéis encontrado algo? —dijo a través del aparato.

—No, señor, sólo hemos encontrado  animales asustadizos y una ardilla muerta —dijeron sus subordinados en tono serio.

—Bueno, chicos, lo dejaremos para mañana. Nos retiramos —dijo resignado.

Estaba sola y quería escapar de allí. Me levanté para examinar el terreno y descubrí huellas repletas de agua. Eran como pequeños charcos que me llevaban a la cascada. Fui directa hacia ella y saqué la mano por ella. Sentí el aíre y el agua pasando ligeramente por mis dedos. Cerré los ojos con fuerza y salté. Entonces una mano mojada atrapó mi brazo y mi salto se convirtió en un salto para atrás, como los cangrejos. Mi pequeño cuerpo impacto contra el suelo. Enfurecida golpeé la piedra caliza y le grité:

—¡¿Por qué?!

Mis ojos miraban al vacío de la cueva. Cuando solté un grito ahogado, desconsolada me puse a llorar durante horas. El eco reproducía mi llanto con tal fuerza que retumbó en mis oídos.

—¡Maldito cobarde! —le grité y seguí llorando hasta que el cansancio me venció y me quedé hecha un ovillo en la fría piedra.

Su madre recordó la noche que nació, tan pequeña y regordeta. Ella estaba caminando aquella noche con su marido entre los árboles. Se encontraban  allí esa noche para buscar un poco de tranquilidad. En el pueblo celebraban, por aquel entonces, la fiesta del solsticio de verano; con música, ventas de productos del pueblo y sorteo de animales.

La oscuridad se sentía por todo el bosque y el sol cada vez se escondía más. Miramos hacía el cielo que poco a poco dio paso hasta llegar a la noche, y con ello, a la reluciente luna. Nuestro refugio estaba lejos y ya no podíamos volver porque nos perderíamos irremediablemente en la oscuridad. Buscamos un lugar donde guarecernos y encontramos  un hueco en un enorme árbol. Cuando entramos en él se ensanchó para que cogiéramos los dos. Me extrañó su comportamiento, pero no me importó. Entonces me acomodé y mi marido me abrazó y puso su mano en mi vientre.

En ese mismo momento empecé a sentir contracciones y el cielo empezó a tronar. Los rayos eran tan intenso que iluminaron la noche con sus estallidos de luz y ruido estridente. Uno de ellos alcanzó a un árbol cercano a nosotros y empezó a arder. Yo gritaba de pánico al sentir el humo y las llamas. Mis contracciones eran cada vez más fuertes hasta el punto de destrozarme por dentro. De repente, el suelo se cubrió de agua. Mis gritos me desgarraban la garganta y mi marido se puso entre mis piernas abiertas, entonces gritó:

—¡¡Empuja fuerte!!

Tenía miedo, pero debía empujar para que la niña saliera. En mi interior sentía el fuego acercándose a nosotros. Chillaba para empujar. Estaba cansada, pero Ian me dio ánimos:

—¡Venga que ya está aquí! Ya veo la cabeza.

Empecé a empujar con las pocas fuerzas que me quedaban.

Cuando la pequeña carla salió. Empezó a llover, sofocando el incendio que venía a engullirnos. La niña salió bien. Ian le cortó el cordón umbilical y le puso una pequeña pinza del pelo que encontró en mi mochila. Le cubrió con una toalla y me la dio. Era preciosa. Su piel estaba roja de la sangre, pero su cara era tan redonda que parecía una pequeña bola de caramelo.

Al amanecer, estábamos Ian y yo abrazados con nuestra pequeña carla entre nosotros. El día resplandecía con la luz del sol. Nos levantamos cansados después de una noche llenas de nervios y de alegrías. Yo no podía andar, así que mi marido decidió ir a la cabaña porque los móviles en esta zona no tenían cobertura para llamar a la central de emergencias. A las dos horas de haberse ido él, nos despertó el sonido del helicóptero a Carla y a mí. Al despertar, vi que junto a mí estaba Ian que desprendía cierto nerviosismo.

—Me llevaré a la niña al hospital en coche y tú te iras en el helicóptero —dijo con ímpetu.

Bajaron una camilla y mi marido me ayudó a subirme en ella. Me ató bien con las correas y me subieron poco a poco hasta llegar arriba donde había personal médico para atenderme.

—¡Qué recuerdos! La echo tanto de menos que me duele y me desgarra el corazón el pensar que esté muerta —Al final de la frase soltó un suspiro y miró a Ian.

La niña paseaba continuamente por la cueva. Estaba harta de esperar. Aquel aburrimiento la devoraba y, peor aún, conseguía volverla loca. Sin pensarlo miró al frente, cogió carrerilla con todas sus fuerzas y saltó de nuevo. Notó el agua en su pelo, en su piel y por todo el cuerpo. Se sentía libre después de estar días encerrada. Entonces percibió el aíre y el sol en su cara, luego la fuerza del agua al caer al fondo que la envolvió.

Creyó que era libre, pero de repente, una corriente de agua le absorvió y perdió el conocimiento. Entonces desperté de nuevo en esa cueva otra vez. Empecé a chillar:

—Agua viva muéstrate, ¿por qué me haces esto? —luego caí al suelo extenuada y derrotada.

Estaba ya resignada a morir allí, cuando sentí una presencia detrás de mí que me hizo sobresaltarme. Tuve miedo de volverme. Los minutos empezaban a pesar por la larga espera, hasta que por fin decidí enfrentarme a él. Pero antes de que lo hiciera me tocó el espectro de agua en el hombro, dejándolo mojado.

—No tengas miedo —dijo—. Salpicándome con una pequeña llovizna cuando me hablaba.

Me volví para ver su rostro, pero había desaparecido. Miré a ambos lados:

—¿Quién eres? ¿Dónde estás? —dije desconcertada—. Apareció entre el agua de la cascada su cara, alargada y redonda; y sus ojos eran azules como el color del cielo cuando anochece. Entonces él empezó a hablar.

—Soy tu protector, tu hermano, tu maestro, tu conciencia y sin lugar a duda, tu sombra y a la vez tu reflejo. Tú eres hija de la naturaleza. Estoy aquí para que vuelvas con tus hermanos y tu padre. Esté no es tu mundo. Te salvamos cuando tan solo eras un bebé y por lo tanto, nos perteneces. Eres una diosa agua ,Agea.

—Yo soy de este mundo. Ya tengo padres. No necesito más que volver con ellos —dije con fuerza para que respetara mi decisión y empecé a lloriquear.

—Tarde o temprano volverás a nosotros. Nos perteneces —dijo con sentido de propiedad.

Mis lágrimas atrajeron al agua de la cascada hacía a mí y me convertí en parte ella. En ese instante, sentí como mi mente se desvanecía y todo se volvía borroso, entonces, me convertí en parte del río, y en ese momento, me sentí viva al fluir entre los rápidos y remolinos que me llevaban como una rama caída .

En esos minutos de paz,  oí la voz de mi madre, “hija despierta”. Sentí un impulso con fuerza desde mi pecho y mi ojos se abrieron. Miré a mi madre. Cerca de ella estaba el jefe de policía y un médico que me observaba con incredulidad. Mis fuerzas estaban por los suelos. No podía ni hablar, ni levantarme; sólo podía mirarlos y sonreír por haber vuelto a su lado.

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La decisión

November 27, 2011 Relato Comments (7) 114

Tomar decisiones en tu vida es complicado. Te puedes pasar horas enteras mirando ese reloj y sintiendo como ese tic tac se va metiendo dentro de tu cabeza. Durante esas horas interminables te da tiempo a pensar en miles de cosas:

“¿ Qué pasará si hago esto?” “¿ Qué pasará si hago lo otro?” “¿ Me arrepentiré de no haber hecho lo anterior?”.

Eso hace que te encuentres confusa ante la multitud de opciones que tienes y cuando ya no sabes lo que hacer. De repente sin más decides un camino.

No sabes si ese camino es el correcto, pero la sigues como una corriente de agua que te empuja.

Después de haber transcurrido el tiempo te preguntas, -¿ es realmente lo que quería?. Te encuentras que el camino ya está tomado. Entonces piensas, si hubiese hecho caso a mis verdaderos sentimientos y no a algo externo a mí. Mi vida hubiese tomado otro rumbo. La realidad de aquellos días es hoy muy distinta de lo que siento ahora mismo, era inocente e influenciable. Os puedo decir que he aprendido de ello.

Por eso a quién me este leyendo ahora, os digo que debéis hacer lo que sintáis. Aunque eso sea para la gente una locura, hay que arriesgarse para saber si es realmente lo que te llena, para poder descartarla. Nunca te acomodes, porque eso no te hace avanzar.

Vive pensando que si te has equivocado ha sido porque no ha salido bien. Lucha aunque tus ánimos estén por los suelos. Piensa tú y que nunca piensen por ti. Sé tú misma. No tengas prisa en elegir, solo elige bien. Aunque luego la vida te dirá si lo que has elegido ha sido lo correcto, pero nunca te arrepentirás porque lo has elegido tú.

 

En conclusión:

hay que aprender de los errores, pero nunca te pierdas a ti misma. Busca dentro de ti para hallar la respuesta que te lleve a lo que quieres ser y hacia donde quieres llegar, para luchar por ello. No pierdas la esperanza de poder llegar a las metas que te propongas.

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Caja de rosas rojas

July 25, 2011 Relato Comments (0) 67

El aire pasa por mis dedos descalzos y mi cuerpo frágil parece resistir mis últimos suspiros. Los años han pasado, pero parece que los recuerdos siempre vuelven a ti como una brisa suave.

Mi vida en el campo, cuando tan sólo era una niña, era dura. Al sentir, caer sobre mi suave piel los rayos del sol abrasando, los días de mi niñez. Recuerdo a mi madre en aquellos años con tal intensidad que podría describirte hasta el último detalle de ella. Pero el que más me impactaba era su forma de arar con tal fuerza y voluntad, que la tierra rendida a sus pies caía junto al buey que la dominaba.

Mi madre era fuerte como la corteza de un árbol, la cual le sirvió para llevar una familia hacia delante.
Mi padre murió cuando mis hermanos y yo eramos pequeños. Lo poco que nos contaba mi madre de su forma de afrontarlo por aquella época era lo siguiente – “Lloró durante ese día pero, el día siguiente, cogió su hoz. Empezó a segar el campo, olvidando las lágrimas en el fondo de su corazón, para seguir el camino que le había tocado vivir.”

Un día en el campo, con mis hermanos mayores, escavamos en la tierra y encontramos una caja pequeña de madera decorada con dos rosas rojas dibujadas. Corrimos hacia mi madre para enseñarle nuestro descubrimiento. Al enseñársela, su cara se sonrojó y soltó una lágrima. Se la secó y empezó hablar:

Esa caja… contuvo el aliento durante tres segundos y siguió.

La cogió entre sus manos delicadamente y la abrió.

Es nuestro vínculo con la tierra y nuestros dos corazones y sacó de la caja un corazón hecho de alambre dijo sonriendo prosiguió su historia con emoción y nostalgia.

Tu padre y yo lo escondimos cuando éramos unos críos. Nos prometimos que ésta sería nuestra tierra y nuestro hogar. Así fue como nuestra promesa se hizo realidad.

Mis hermanos y yo sonreímos al conocer una parte de mi madre que no sabíamos. Ella dejó la caja  junto a la ventana. La miró y Siguió con sus tareas de la casa. Nosotros seguimos con nuestras pesadas y costosas tareas del campo.

Recuerdo la historia con emoción y con añoranza de aquellos años. Esa caja de rosas no será olvidada porque su espíritu vivirá para siempre en mí y posteriormente en mis generaciones, al igual que mi madre me la pasó a mí.

La caja es el vínculo de lo antiguo y lo nuevo, por ello yo deposité mis recuerdos y mis historias en ella.
Mi legado se lo pasó a mi hija. Por eso te escribo está carta. Con mi único deseo que sigas mis pasos y uses la caja.
Yo la uso para olvidar el dolor. Tu abuela la uso para tener un vínculo con lo que amaba.
Tú úsala como quieras.

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El libro y el títere

August 6, 2010 Relato Comments (0) 49

Un día apareció un hombre viejo que me resulto familiar, con pelos despeinados y su ropa  rota y llena de polvo, parecía un sin techo. En su mano derecha observé que llevaba un títere de forma humana, que no tenía ni ojos ni cara. Se dirigió hacia  unas estanterías, no muy lejos de la mía. Entonces se paró y lo dejó en una de ellas. Yo lo miré con cierto curioseo y me fijé que estaba sentado como si espera a alguien en su base de madera.

Una tarde mientras estaba quitando el polvo a mis páginas. Escuché un crujido como si se hubiese roto una tabla de madera y con pasos sigilosos  fui a ver qué había ocurrido, pero no encontré nada más que una gran nube de polvo que ensució mis frágiles páginas amarillentas. Cuando por fin se fue la polvareda, observé que había desaparecido mi nuevo vecino de estantería sólo quedaban de él unas pequeñas pisadas en el suelo. La  curiosidad me hizo seguirla hasta que encontré unas rozaduras en el suelo de laminas de madera envejecida.

Mis hojas que formaban parte de mi cuerpo, se movían rápidas como el viento en un solitario banco donde solo estaba yo. Por ello, empecé a temblar y a preocuparme  por aquel títere.

¿Qué debía hacer? – me dije.

Mis pensamientos fluían enredados y confusos. Las teorías, de mis más de ochocientas páginas, disminuían mi agilidad.

Pensé en lo peor, y esto me hizo preguntarme lo siguiente:

– ¿qué podía hacer un viejo libro como yo? -pensé.

Me llené de valor y dí un impulso hacia delante que me  sacudió las hojas. Mis quebradizas tapas que con el tiempo se habían envejecido, no fueron de mucha ayuda para seguir avanzando, pero no había nada en el camino que me dijera que le había ocurrido al títere.

-¿Por qué me preocupaba tanto por él? ¿Y de si había merecido la pena bajar de mi cómodo sitio en la estantería?- le pregunté a mí mismo.

Intentando encontrar el sentido a la desaparición del títere, que había hecho mi vida más amena , y ello me hizo sentir cierto terror al comprender que ya no volvería a ser lo mismo, ni para mí ni para él, porque era posible que jamas lo encontrara, pero todavía no he perdido la esperanza.

-¿ Qué haría si no pudiera encontrar mi hogar donde había estado 100 años? o ¿mi pesado cuerpo se rompiera, y mis hojas se separan y se perdieran?- me dije a mí mismo sin recibir respuesta.

Me estaba compadeciendo de mi existencia cuando, de repente, una sombra paso por detrás de mí. Haciéndome temblar con un aíre gélido. Empecé a buscar al trozo de madera, pero sin más remedio me rendí porque mi envoltura; vieja, rota y cansada, espiró su último aliento.

Tenía que averiguarlo, pero me daba terror de que podría encontrar, o de como estaría el pequeño títere. Me imaginaba pequeñas astillas en las que se pudo haber convertido su pequeño cuerpo; me aterrorizó que alguien le hubiera quebrado sus brazos con ensañamiento.
Estaba buscando pistas cuando me tropecé con algo que me hizo perder el equilibrio y al observarlo, supe lo que era una astilla de madera que se había incrustado en mi tapa y me hacia cojear. Busqué por los alrededores y no encontré más astillas. El último rastro de él estaba en esa estantería, donde había un libro tirado en el suelo que se llamaba “La soledad de un libro perdido”.
La inquietud me envolvió y entonces saque mis tiras de marca -páginas que se convirtieron en mis brazos.Cogí el libro y lo abrí. En ese instante, me absorbió en un remolino que no tenía fin y  mi tapa se abrió, haciendo revolotear mis páginas. Me sentía como si  me fuera a romper.Cuando no pude más perdí el conocimiento y al despertar lo entendí todo. Estaba en el “cementerio de los libros olvidados” un espacio que todo viejo libro conocía .

El escenario era blanco y habían miles de libros paseando y yo los miraba sorprendido. A lo lejos, vi al títere que me sonreía y me señaló un banco de madera y yo me dirigí hacia él.

Cuando me senté un hombre canoso se sentó a mi lado y me dijo con voz solemne:

– Yo os dí la vida y por lo tanto, yo os doy la muerte.

Entonces recordé la historia de Mark Dirgy,  el bibliotecario. Nuestro doctor Frankenstein. Nos dio la vida a todos los libros para no sentirse solo en la vieja biblioteca, donde  nada más se sentía la soledad, y el tiempo estancado.

-¿Títere, qué es?- le pregunté, con curiosidad.

-Él es mi intermediario del mundo de donde vienes y de este mundo oculto “La soledad de un libro perdido” él es el que te a traído aquí como a tantos libros olvidados-  respondió.

-¿Tú eres el que lo dejó, para que yo lo siguiera?  ¿Eres el espíritu del señor  Mark Dirgy? -Pregunté con entusiasmo,

-Sí soy yo el que te guió aquí, gracias a mi amigo títere.

-¿Entonces este es mi nuevo hogar?- dije perplejo.

Él esbozo una sonrisa y prosiguió.

-A partir de ahora tus hojas están en blanco. Ya puedes escribir en ellas lo que realmente querías haber sido. Aventuras, intrigas, amores rotos y encontrados y incluso seguir escribiendo nuevas teorías matemáticas. Tu pluma eres tú.

-Lo que contenía en mis páginas, formulas y teorías matemáticas, ¿Dejaran de existir? – Le pregunté,  preocupado.

– Tu contenido formará parte del conocimiento universal  y será leído en “La soledad del libro perdido”; quedando constancia de esa información para consultarla, cambiando de forma según la  necesidad del que lo lee y adecuando su contenido a la materia de que se trate-  dijo mostrando serenidad.

 

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