El fluir de la caída

El agua me rodeaba y me conducía río abajo, me arrastraba junto a los sedimentos que se desprendían convirtiéndome en parte de ellos. Seguía cayendo entre sus torrentes formando parte del raudal que me hacia sentir como un tronco a la deriva. Mi mente dispersa y descompasada creaba huecos blancos que me hacían olvidar el momento que me sumergí en ella para ya no salir.

Mientras descendía con la corriente, mi mente comenzó a ver entre los árboles un trozo de cielo que me rememoró aquella noche llena de estrellas; y junto a mí, la chica que se atrevió en ese campamento a sonreírme. Esa chica tan sorprendente fue la única razón para recordar el campamento.

Quizás está era la única situación en mi vida, que no tengo la seguridad de mirar por los mismos ojos de mi madre, simplemente voy hacia un vacío sin certeza de que me pasará y mientras la furia de los torbellinos se movían y se retorcían entorno a mí.

Seguía bajando, bajando, y no me paraba ante nada, el agua se metía en mí como un gélido abrazo. Los abetos de la orilla se veían difuminados por el cansancio, las hebras de las plantas se asemejaban a un moho verde, yo parecía formar parte de ellos.

Dirigí mi mirada al cielo y las nubes vigilaban mi caída, hasta que apareció una sonrisa dibujada en ellas y de repente, una piedra impacto contra mí sin remedio. Mi cuerpo se envolvió de caos y una oscura tetra manchaba el interior de mis párpados, sumergiéndome en un mundo de puntos que revoloteaban en mi cabeza, eran cometas en un espacio vacío y inconcluso de la mente.

Una voz entrecortada, repetía una frase que solo se entendía está única palabra, huye…huye…huye. Qué quería mi subconsciente mostrarme esto, cómo he llegado a este río, quizás era una pista para descubrir que pasó ¿De qué huyó? Es lo que me cuesta comprender. Estaba navegando entre una turbia profundidad que todavía no me dejaba ver nada.

Surgió ante mí la cara de mi madre dibujada en una lámina, que le había regalado por su cumpleaños, su mirada me me atravesaba el rostro. Entonces vi lo que pretendía hacer y me apartarte de ella, pero sus manos salieron del papel atrapando mi cuello, intenté zafarme de sus brazos y los agarré con ahincó para apartarlos de mi garganta; que gorjeaba descompasada, cada vez era más intensa la sensación de ahogó. Es ahí cuando, observé mi final en unas manos tan mías y a la vez tan ajenas.

Mientras luchaba por no perder la vida, detrás de mi madre, asomaron unas manos en la penumbra, intenté cogerlas pero no pude alcanzarla.

En ese momento resurgieron arrancando los brazos de papel de mi cuello, estos disiparon, dejando pasar el aíre que entraba como un vendaval. Desperté y emergí a la vida, un rostro que años atrás se dibujaba ante mí, ahora volvía a mí, su cálida y madura ternura. Era ella.