Caleo

La cálida brisa golpeaba su cara. El horizonte del mar le impulsaba a viajar. Solo era un crío con ganas de huir y retomar una vida desde el punto de vista de un adulto. Pero la vida era difícil sin el apoyo de una mano que te dirija. Sin embargo, él se sentaba a soñar en la arena de la playa. Imaginando que cogía un barco y se echaba a la mar. La vida de un niño no era fácil porque jamás puedes huir del peculiar mundo familiar.

—¡Chiquillo, ven para acá! Deja de estar ahí mirando las musarañas.

El niño seguía mirando las olas.No se podía despertad de un mundo que le fascinaba. Oyó una voz estridente que le llamaba por su odioso nombre compuesto “Mario Alberto”  eso le sentó como si le tiraran un pozal de aguas fecales a la cara .

—¡Ya voy, pelmaza!.

Corrió entre la arena cálida con sus pequeños dedos,  sus pies torpes se hundían en ella. Hasta que llego a los brazos de su recelosa madre, que tras el anochecer temía a la oscuridad de las negras aguas y de las sombras que transitaban por ellas. La arena se volvía en una fría arenisca.

—¡Madre déjame, que me vas a desgastar! Mas arrumacos y besos, no por favor —dijo el niño secándose la cara.

Le hecho una última mirada al mar desde los brazos de su madre, entonces siguieron el camino hacia su casa,  que estaba cerca de la playa. Mi madre y sus descendientes habían vivido allí. Era lo que más me gustaba de la casa, que tenía un pasado aunque su presente no era muy poco prometedor. Seguimos subiendo hasta lo más alto del pueblo cerca del acantilado. La luz intensa del faro me deslumbró y eso me hizo sentir como en casa.

Ese inmenso foco siguiera brillando gracias a nuestro legado familiar. Porque nuestros antepasados y ahora nosotros hacemos que nunca se apague. El recuerdo de mi abuelo sentado arriba junto al horizonte, vino a mí.  Negro azabache, le contesté, eso es lo que veo. Él me miró y dijo:

“Mario no lo ves, allí a lo lejos, el agua lo sabe y por eso, choca y choca con ella. Pero ella no cae, no se rinde y sigue ahí como cada noche.”

Yo le contestaba con la cabeza como asintiendo que lo comprendía, pero yo no veía nada. Solo agua negra que se movía con el viento. Siempre admiré a mi abuelo y no lo consideraba un loco chiflado como lo llamaban en el pueblo, sino un soñador nato que veía con otros ojos el mundo. El pobre murió con una mirada perdida y yo cada noche subía para recordarlo, no a su obsesión con un punto muerto, sino a su olor  suspendido por este espacio tan apreciado para él;  la noche con él siempre dibujaban sus historias en mí.

Hoy como cada noche se hacía el dormido, su madre deslizaba labios vaporosos por su frente. Yo lo veía como sonreía cuando ella hacia ese gesto y mi querida hija se iba cerrando la puerta. Él se levantaba corriendo y escuchaba atento el sonido de sus zapatos alejarse. Cuando creía que ya no había ninguna alma, excepto la mía, salía con sus piececitos descalzos dejando pisadas transparentes, que solo yo veía, luego seguía hasta subir a ocupar mi sitio como yo había hecho tiempo atrás al morir mi madre. Ahora mi tiempo se ha acabado, por lo tanto tendrá que estar preparado para resistir lo que va venir.

Mientras lo veía subir por las escaleras, me evocaba mi niñez. La cual había sido feliz y a la vez convulsa por una guerra que prefiero olvidar. Sigamos a ese pequeño y contemplémoslo.

—Ahí está mi mar.

sintió mi suspiro y  lo supo.

—¡Abuelo, estás ahí! — Expresó con alegría.

—No puede ser, maldita corriente. Pero que estoy diciendo, si él esta muerto.

Soltó un suspiro y siguió mirando el agua turbulenta que se chocaba contra la rompiente. La luna redonda y blanquecina se reflejaba en las ondas en el oscuro líquido, dibujando líneas blancas. El foco alumbraba el agua turbia y yo intentaba seguirlo mientras su luz le ponía algo de claridad en la lejanía, yo miraba al frente como si detrás de tanta agua hubiera un mundo por descubrir. Buscaba esa isla que me había hablado el abuelo, pero solo veía la expansión de la negrura.

Entonces, recordé el poema que recitaba mi abuelo:

“La luna dibuja, mientras el mar le sonríe.

El mar es un espejo que coge su sonrisa,

*mientras se convierten en un solo reflejo, *

Aparece la amada roca Calea.

Emergé como principe rompiente renace.

El faro se encuentra con su amor y se unen en un beso”

Mi nieto está absortó en un punto muerto que se fundía en una mirada eterna con el mar. ¿Qué estaría pasando por su mente ? Solo él lo entendía. Ahora su cuerpo se movía con un movimiento danzarín de derecha y izquierda, tarareando la canción que yo le enseñé.

Su abuelo lo contempla. Sus lágrimas a punto de salir, de sus trasparentes párpados, caen difuminándose entre un ambiente cálido.

La canción me llenaba de tranquilidad  y  hacía perderme entre la calma de la música, a  pesar de que ante mí había una gran tempestad traída de las más virulentas mareas de las profundidades de la tierra. Pero yo no podía dejar de deslizar esas palabras por mis pensamientos. Su ritmo tintineaba en mi cerebro y me envolvía en una embriaguez de un perfume a sal que se sumergía en mis sentidos; mi lengua la sentía rasposa y seca, de repente, la sed me raía la garganta.

Suspiré en mí interior, miré hacia delante y decidí que debía de quitarme esta inquietud. No podía vivir como mi abuelo esperando que la aventura sucediera. Cogí mi chubasquero amarillo chillón que parecía el del anuncio de pescado empanado, decidí ir en busca de aquella supuesta isla.

No podía ser, va hacer una locura no podía dejar que la haga. Entonces lo traspasé  con contundencia, pero solo conseguí que creyera que le estaba asaltando el corazón por el miedo. El siguió hasta las escaleras de caracol, las asaltaba como si fueran una carrera de obstáculos, yo no podía impedírselo era aíre en suspensión. La noche estaba convirtiéndose en una tormenta llena calambres de luz en el cielo.

¡¡Oh no, va hacia la cueva llamada “Rompiente del infierno”!! No es lugar más apropiado para ir en medio de este tormento. Mis lágrimas invisibles me llenaron de una triste sensación culpabilidad, ¿Por qué le enseñé a soñar? Ojalá pudiera romper sus sueños con un alfiler y desinflar esa inconsciencia de adentrarse en un utopía sin retorno.

Algo impactó contra mí una emoción quizás, pero la imagen de mi abuelo me evocó un miedo atroz. Él no siente. Vibra en mi interior. Él solo está en mi memoria, pero no está para poder entenderme. Yo quiero saber si lo que me hace palpitar es una intuición o es la misión que él no pudo terminar. Esa voz tan dulce me dice que vaya, necesito ir.  Bajé por el camino a la cueva secreta de mi abuelo y hay estaba la barca, que el abuelo había guardado recelosamente.

Después de lo que me había costado llegar hasta aquí, entre los rompientes, no iba abandonar solo porque el viento y los relámpagos quieran poner tierra entre esa isla y yo. Lucharé hasta quedar sin una pizca de aliento, porque mi fuerza interior se defiende con valentía ante las grandes olas y los remolinos de agua, porque tengo una misión que empezó en el pasado y la cual debo concluir entre este maldito frío que me llena de humedad.

Esta capa de irrealidad me hacía imaginarme unas olas dentadas acechándome y desgarrándome la vida. De nuevo resurgió la canción de mi abuelo y luego le sucedió esos ojos. Vi el trozo de tierra que tiempo atrás mis brumosos pensamientos no pudieron ver y  mi calma se quebró. Era una una  planicie de piedra llena de musgo y no parecía tener nada especial; esa roca sin vida, me lleno de un mal presentimiento.

La claridad se difuminaba entre todas las turbulencias cabreadas. Sus ojos de ella se clavaron en mí, entonces se oyó un trueno cercano y un relampagueo, luego un rayo cayo cerca del faro. Cuando lo hizo, una risa salió de su boca esponjosa y sus cabellos en suspensión se colorearon de rojo intenso. No le podía dar lo que ella, quería porque me condenaría como en su día hizo mi madre por mí. Pero ella siguió removiendo la barca de mi nieto, él con cara de ensimismado y tirando a bobalicón sigo adentrándose en sus dominios. No podía permitírselo, me hice visible por un momento para alertar a mi nieto Mario. Eso le enfureció y en ese momento, tiró un rayo más potente encima del faro y saltaron chispas donde vivía mi hija.  Empezó un incendió y rodeo el faro.

—¿¡Abuelo!? Qué haces allí arriba —me dije a mí mismo— ¿¿Estoy soñando??.

El me contestó que mirada atrás, entonces es cuando vi en llamas mi hogar.

—¡¡Oh no, mi madre!!

Intenté mover la barca, pero parecía encallada entre unas rocas. Viendo que era imposible, me tiré al agua para poder salvar a lo único que me quedaba, mi madre. Mis brazos estaban entumecidos y me costaba moverlo, mis piernas zanquear entre el agua y trasladarse ella entre mis pies,  dolía al sentir miles de litros de agua atrapándote.  Mis fuerzas menguaban por momentos y mi respiración era agonizante. Mar parecía ganarme la batalla, pero yo seguía nadando hasta la extenuación entre una negrura interminable. Por qué no encontraba fin a está locura.

Consumido, ya no encontraba la salida hacia la orilla. Veía las llamas en la lejanía, desgarrando con su lengua roja cada recuerdo de mi vida. La imagen de mi madre intentando salir del humo tóxico y su cara desencajada al no encontrar una escapada entre el calor y el humo, metiéndose por cada orificio de su ser. Luego la estructura desmoronándose a su alrededor.

“Isla Caleo” era el sueño de un niño con ganas de aventuras, como mi nieto,  pero nunca pensé que iba a ser tan peligroso, hasta que un día vi delante de mí a esos ojos.  Desaparecieron como la pólvora, haciéndome creer que solo era un espejismo de mi mente. Hasta que oí esa canción, esa voz dulce me hizo levantarme para buscar el origen de esas palabras tan conmovedoras.

“La luna se dibuja, mientras el mar le sonríe.

El mar es un espejo que coge su sonrisa,

*mientras se convierten en un solo reflejo, *

Aparece la amada roca Calea.

Emergé como principe rompiente renace.

El faro se encuentra con su amor y se unen en un beso”

La soledad de la noche la llenaba con mis pisadas y la brisa marina me hizo estremecerme. Seguí bajando el acantilado, sentía las rocas húmedas en mis pies descalzos. Un resbalón, me hizo mirar al fondo del acantilado y un revoloteo de agua brava, me hizo suspirar. Mi madre se pasaba horas mirando al horizonte de un mar en calma, por ello no se dio cuenta que me había ido. Pero ella miraba con pasión y tristeza desde su faro. No lo entendí, hasta tiempo después, pensaba que era aburrido trabajar mirando a un punto vacío. Proseguí hasta mi cueva favorita donde escondía mis tesoros más preciados. Incluso tenía una barca que encontré perdida cerca de mi cueva. La cual encontré objetos de toda índole y incluso una pulsera de perlas azules la cual se la regalé a mi madre en su cumpleaños. Nunca supe porque no sea la ponía hasta aquella noche.

La historia se repite como un bucle profundo que hace volver al principio de una historia que nunca se terminó. La caída al vacío siempre existe, solo espera tu tropiezo. Ese es el momento que me espera, porque no tenía que haber sobrevivido. La muerte, esos ojos me han persigo durante largo tiempo. Debo entregarme para acabar con esta historia para siempre. Mi madre entrego su cuerpo y alma  para que no me entregará. Su error fue enamorarse de un hombre que ya tenía tatuado el nombre de otra mujer. Que prometió matar todo lo que saliera de su descendencia y con ello también a mi nieto. Quizás si atrapa mi alma con su odio dejará a mi nieto en paz durante algunos años más. Por ello me entregué.

Tendrá que alejarse de este lugar para no volver. Pero no lo hará, porque esos ojos le perseguirán siempre, a veces verdes y otras color miel. Es una diosa que ha perdió algo y ahora solo le queda el resquemor y el dolor. El amor ya se ha evaporado para ella, solo le queda ese trozo de piedra que en otra época fue su amante esposo Caleo. Ahora él solo es una piedra que resiste a la erosión del tiempo. Quién sabe si  tras los sedimentos de ese desgaste, queda todavía el espíritu de ese gran Dios de los mares, sufriendo junto a mi madre. Unidos los dos en partículas que se pierden cada día entre la arena.

Todo se paralizó y la normalidad llegó al mar, el oleaje se sentía ágil alrededor mío. Mis brazos eran plumas navegando por el mar y yo me dejé llevar hasta las rocas que me dejaron como si fuera un frágil pajarito. No podía creerme que estuviera tan en calma, y de preguntarme en mi interior por qué seguía vivo. Al subir por el empedrado, con cada zancada parecía que me encontrara más cerca del final.

Corrí por la hierba quemada, entré y me abracé a mi madre con fuerza hasta que sentí un quejido por parte de ella, y entonces se despertó y me miró con los ojos entornados.   

—¿Hijo qué te pasa? ¿Por qué estás mojado?

—Solo fui a nadar y encontré esto.

Su madre lo cogió entre sus manos y su entrecejo se arrugó. ¿¡El collar de perlas azules!? Se dijo así misma.

—¿Te gusta?

Ella lo miró, no supo que responder a su hijo. ºEra suyo desde hace mucho tiempo, pero decidió venderlo al sentir una mala vibración hacia a él, pero sin embargo, allí estaba de nuevo, entre sus manos. Era una broma bastante escalofriante, la cuál prefirió ignorar.