Las raíces del pasado

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La luz del alba mira al viejo árbol,

que llora tras sentir que se le escapa la vida.

Sólo le queda el recuerdo de sus tardes y sus noches vividas.

Mis recuerdos están repletos de vidas ajenas.

Solía contemplar los destellos de sol

y añorar  la lluvia después de una sequía.

Pero lo que más me gustaba era observar a los seres humanos y sus complicadas vidas.

Recuerdo a un anciano solitario en un banco.

Miraba  al horizonte como si en él  hubiera un misterio indescifrable.

El anciano venía cada tarde a mirarlo.

No sé qué buscaba en él, pero era emocionante verlo.

A veces, me preguntaba qué esperaba conseguir con eso.

Un día, desapareció y ya no lo volví a ver.

Entonces, comprendí que esperaba a algo o a alguien

y que un día ese algo o ese alguien vino,

y ya no tenía sentido volver a este lugar cada día.

Una tarde soleada, un niño paseaba cerca de mí y se percató que yo estaba allí.

No porque sintiera mi mirada,

sino porque le atrajo mi tronco.

Intentó subir por él, pero sus pies resbaladizos se deslizaban por él.

Al no conseguirlo, rendido ante el cansancio,

se acurrucó en mis raíces.

Aquí empezó una relación para mí y un reto para él.

Todos las tardes venía a escalar

mi viejo tronco estriado.

Hasta que un día, el pequeño me sorprendió con su ingenio.

Trajo consigo una cuerda  larga,

la cual utilizó  para rodearme con ella.

Con sus pequeñas manos, una a cada extremo,

fue impulsando sus pies

hasta llegar a la rama más alta

y así conseguir su gran reto.

Y al hacerlo, salió de él una profunda carcajada.

El niño creció, y yo también crecí con él.

Su afán aventurero pasó al olvido,

y su inquietud por subir cada vez más alto,

se quedó en una mirada perdida

en mi eterno competidor.

Allí estaba, entre sus manos, él que él llamaba libro.

Entonces, yo pasé a ser su  juguete ignorado.

Me gusta recordar a esas personas cada día.

Porque son ellas las que  han convertido

mi existencia en un grato paseo por la vida.

Sé que me estoy marchitando y que ya no soy bonito ni frondoso.

Que un día moriré, pero sólo quiero pensar

que a esas personas le he dejado una pequeña huella en sus vidas.