Imagen de «Pequeña Dama II-Origen del conflicto»

Dámasa, del Reino del Cedro Rojo, era mi peor enemiga, llamado así por la belleza de los bosques que rodeaban el castillo y su torre, denominado rojo, por el Dios Romel.

Cuando era una niña pasaba mucho tiempo con la niñera de Dámasa, Adelaida, la cual me contó las historias de la fundación del reino mientras me iba arropando cada noche. Yo siempre terminaba durmiendo entre sus brazos o acurrucada junto a ella. Era para mí como la madre que nunca había conocido. Un día, mientras me acomodaba en la cama, me contó lo siguiente:

Los cedros eran árboles legendarios que le transmitían su sabiduría y su poder a la reina Dámasa, también eran sus ojos, sus esclavos y sus soldados en la sombra. Ella agradecía sus servicios y su lealtad con la protección de su estirpe legendaria. Hacía que sus ciudadanos los respetaran, hasta tal punto que si alguno de ellos se atrevía a molestarlos, tallarlos o quemarlos, la muerte en la horca sería su fin. Este tratado se firmó hace siglos cuando los cedros lloraban su extinción en el reino.

Dámasa era una niña de 10 años muy inquieta y traviesa sin miedo a adentrarse en el bosque con el fin de coger margaritas y flores silvestres para su madre. En ese momento apareció un lobo de negro pelaje que olió su apetecible aroma a carne tierna, salió detrás de ella, como si fuera un animal desvalido. Ella corría y corría, pero el lobo era más veloz y estaba consumido por el deseo de satisfacer su apetito. Sus garras la acorralaron en un acantilado y, de repente, se abalanzó sobre ella para destrozar y satisfacer su sed de sangre. En ese momento, un cedro con enormes ramas le pegó al lobo con tal fuerza que salió volando y se precipitó por el acantilado. Ella, agradecida, abrazó al cedro por su demostración de bondad, y con ello consiguió su aprecio y su protección hasta llegar a ser venerado en toda la zona, donde se extendía su dominio. Entonces ella le prometió que hablaría con su padre, el Rey Caoilte, de proteger su estirpe.

El amor que sentía el cedro hacia ella era tan grande que al final de su vida le dio su mayor fruto: ¡la eterna juventud!, curando así la enfermedad que la consumía. Él se fue marchitando poco a poco y murió quedando sólo su tronco, el cual fue trasladado a los aposentos de Dámasa y llevado después al altar de los Dioses. A ella a partir de ese momento, se le heló el corazón. Ya no volvió a latir. Sólo quedó de su corazón humano una cicatriz por donde le había atravesado el cedro el corazón, dándole así toda la savia. Su tronco se secó, pero ella vivió. Ella agradeció su amor incondicional por haberle dado su vida, entonces, es cuando cambió el nombre del Reino rojo por "El Reino del Cedro Rojo".

La maldad de ella era conocida en muchos reinos, por lo que se cuidaban de no ofenderla. Su familia había conquistado estas tierras con las manos llenas de sangre, pero lo que había dado la victoria era su pacto con Romel, el Dios de la oscuridad.

El pacto fue el siguiente:

Si el padre de Dámasa (Caoilte), que por aquel tiempo era un brujo, le daba todas las almas caídas en batalla, Romel le prestaría su ejército de grandes lobos negros, veloces y hambrientos de carne humana. Sus caballeros de la muerte llevaban armaduras tan sólidas como el cuarzo y enormes espadas de acero rojo, que tenían un gancho para segar el corazón y el alma. Siempre iban con sus caballos de ojos negros y piel incandescente, que al galopar a las órdenes de sus caballeros y señores, desprendían llamas cegadoras.

Y por último, los dragones rojos que eran dirigidos por los Sarios, los más altos cargos del ejército; almas protegidas por Romel y hechos a imagen y semejanza de él. Eran humanos con alas negras y olían la muerte como buitres. Sus ojos eran de un rojo fuego como los de su dragón porque ellos eran quienes los guiaban. Sus almas eran la misma.

Se selló el pacto con la sangre del brujo Caoilte (padre de Dámasa). Romel le puso el sello del ángel negro en su brazo, una marca que se producía al intercambiar su vida por el poder de la piedra roja. Así se cerró el acuerdo con él. De esta manera, se aseguraba la lealtad del reino que se iba a formar después de esa batalla y si en un caso fuera derrotado lo pagaría con su vida.