Pequeña Dama V-La búsqueda del León y su servidor
Él está en la cama y yo estoy a su lado. No comprendo qué hago allí. Solo recuerdo chillar y patalear en su espalda. Sé que mi cabeza peligra si sigo allí, ¡pero me siento tan a gusto en su cama! Me quedé mirándole durante largo rato y pensé, “¡Es tan crío y a la vez tan maduro!”, y solté un suspiro. Sus párpados cerrados tienen trazos suaves como la pluma de un ángel. Al tocar su mejilla, siento como que su vello fino se estremece y entonces él despierta al sentir mi mano. En ese mismo momento, me mira y con eso me dice todo y a su vez me transmite tranquilidad. Su mirada recorre todo mi cuerpo terminando en mis pupilas.
─¿Por qué me hace sentir así? ─me digo a mí misma.
Allí está él con una sonrisa encantadora hasta que abre la boca y lo fastidia todo.
—Hola, muñeca de trapo. La verdad me sorprende que tú me acaricies. ¿No me odiabas ayer? ─me dice él muy granuja.
—¡Lo he olvidado hasta que has abierto tu boca sucia y lo has enmarañado todo! ─dije chillando.
Me levanté de la cama a toda prisa como si fuera un rayo.
—¿Y qué hago en la cama contigo? ─digo confundida.
—¿No lo recuerdas? Como siempre la niña frágil se desmayó, pero primero te pusiste a chillar como una loca. Tus palabras finales fueron: "tú, tú" —eso último lo dice burlándose de mí.
—De esa parte no me acuerdo. Lo que sí recuerdo, es que me arrastraste como un saco de patatas hasta llegar aquí.
Estoy aterrada porque no quiero que ese niño malcriado se entere de mis intenciones.
-¿Por qué mi subconsciente me está haciendo una mala pasada? ¡¡¡Quiere matarme!!! —me digo enfurecida en mi interior.
—¿Debo confiar en él? Yo creo que no —me contesté con firmeza —este es mi camino. Debo seguir sola porque es mi destino. Tengo miedo de lo que me depare el futuro y que eso me haga perderme en el laberinto en el que se está convirtiendo mi vida.
—Lo siento, pero lo tuve que hacer. Eres muy testaruda y ruidosa —dijo con una cara de lástima para que lo perdonase.
Yo le pongo mala cara y me vuelvo hacia la pared. En ese instante, veo que él tiene un retrato con su "querida mamá" en el bosque. Él es pequeño, corre hacia ella. Abajo de él, en la mitad de la pared, hay unas cenefas esculpidas que tienen forma de hoja, que se van como enredando por toda la habitación. Por curiosidad me acerco a tocarla. De repente, me coge por detrás y me sujeta fuerte del brazo, al mismo tiempo tira de él para hacer que me vuelva. Entonces nuestros ojos se cruzan y nos miramos intensamente hasta sentirnos desbordados el uno por el otro y nuestros corazones no dejan de latir cada vez más rápido.
—¡¡No quiero que te pase nada!! —dice con rabia y chillándome.
—Debo irme. Suéltame si no quieres que vuelva a patalear y a chillar —digo enfadada.
En ese instante, tocaron a la puerta con fuerza y repetidas veces, como si le urgiera entrar.
—¡¡Abre la puerta o la tiro abajo!! —dice la voz enfurecida.
—¡Oh, no, mi madre! Debo esconderte —dice en voz suave.
Miro a mi alrededor y solo veo un armario y una cama. La situación me paraliza y le escudriño desconcertada y él me señala la cama, con rapidez como si fuera un ratón que huye de ser aplastado, me meto. El polvo se incrusta en mis ojos y en mi nariz. Por culpa de un pequeño estornudo, casi descubren que estoy allí.
Seguían los golpes hasta que él ha abierto la puerta.
—Madre, ¿por qué pega esos golpes? —dice imitando voz de sueño.
—No has bajado a desayunar y me ha parecido extraño. Luego, viniendo hacia aquí, he oído una voz de una joven —eso último lo suelta con un tono de cabreo.
—Estás equivocada. Aquí no hay nadie —expresa con voz extrañada.
Ella, como loca, se puso a buscar en el armario y a sacar toda su ropa. Yo la veo caer al suelo. Cada vez que cae una prenda, me pongo más nerviosa.
—¡¡La tienes debajo de la cama, sinvergüenza. No me lo puedo creer!! —dice enfurecida.
Justo en el momento que va a mirar debajo de la cama, salgo corriendo por la puerta sin mirar atrás. Al salir despavorida no me fijé en quién había en el gran salón. Al sentir una voz en mi espalda miré hacia atrás.
—¿Qué haces aquí, Celina? —dice Adelaida chillando.
—Yo... no... sé... —le contesté balbuceando.
—Coge esta cesta. Rápido —dice con expresión nerviosa.
La reina Dámasa apareció en el gran salón casi sin aliento.
—¿Dónde está esa golfa que se ha metido entre las sábanas de mi dulce niño?
Aterrorizada bajé la cabeza por miedo a que pensara que la golfa era yo. Adelaida,
se acercó a ella. Con solo tocarla la tranquilizó.
—No se preocupe, mi reina, solo son imaginaciones suyas —le manifestó Adelaida.
Dámasa, como un corderillo, repite esa misma frase y Adelaida se la va llevando a su aposento.
Ella me miró de reojo y luego la dirigió a la puerta, dando a entender que me marchara. Cuando ya me dispongo a marcharme una mano me toca el hombro y cuando me vuelvo a ver quién era, sólo había una rosa roja y una pequeña nota. La cojo y la deposito en mi bolsillo y salgo de allí.
Me dirijo a la cocina, saludo a mis compañeras y me voy a mi habitación. La cojo con nerviosismo por lo sucedido y la leo. En esta pone lo siguiente:
"Reúnete conmigo en el bosque cerca de la casa vieja.
Tu estimado Aeto".
Detrás había un mapa, dibujado a mano, con las indicaciones.
Entro en el bosque con una cesta para dar a entender que voy a coger frutos silvestres y hierbas medicinales. Mientras camino hacia la vieja casa, observo que los árboles me siguen. Siento que van a atraparme con sus ramas. Se nota que no me quieren aquí. ─Malditos cedros ─digo cabreada.
En ese momento, pensé nerviosa, ¡está empezando a oscurecer!; hasta que en la lejanía divisé un tejado medio derruido y una verja enrobinada cubierta de un montón de arbustos. Entonces me tranquilicé al saber que él estaría allí esperándome.
—¿Por qué me querrá ver? No tiene sentido. Es tan raro. No sé cómo le he seguido en esta locura —me dije.
Salgo hacia la verja de la casa corriendo. Aunque no sé qué me espera detrás de ella, la prefiero a estar fuera con los diabólicos cedros. Yo amo a la naturaleza, pero ellos no me dan buena espina. De repente, se abre la verja de golpe. Y los arbustos salen volando como si una ráfaga de viento los impulsara. La miro desconcertada y sigo el camino que está totalmente destrozado, como si el tiempo le hubiera ganado la batalla. Las sombras me envuelven y me aterrorizan. Algo me coge por la espalda y yo empiezo a chillar hasta que mi garganta no puede más.
—No grites. Soy yo, Aeto —dice alterado.
—¡Otra vez dándome un susto de muerte! ¡Es que no sabes aparecer de frente o llamarme por mi nombre! —digo casi sin aliento.
—Vamos, Celina —después de soltarlo, soltó una carcajada.
Yo me agarré a él, al igual que lapa se pega a las peñas de las costas. Él me miró y se rio.
—¿Cuánto falta? Estoy cansada de andar y mis pies sienten el suelo como cuchillos punzantes ─digo con cara lastimosa.
—¡Qué poco aguante! Es detrás de la casa en ese árbol de allí —me dice riendo.
—Te encanta esta situación. Aterrorizar a las chicas para que se lancen a ti ─le contesté en tono burlón.
—Tú solita te has tirado a mis brazos. Yo no he hecho nada —y me guiñó el ojo.
Me soltó. Me agarró de la mano y se la acercó al corazón. Entonces yo le miré intensamente a sus ojos verdes esmeralda. De repente, un búho pasa volando y se posa en un árbol cercano. Él me mira. Después de un rato empieza a hablar.
—Debemos meternos en la casa.
—¡¡Estás loco!! Esa casa está que se cae —digo con miedo.
Me paré en seco. Él agarró mi muñeca y me obligó a correr. Cuando ya nos encontramos dentro, encendió una vela y se sentó. Empezó a hablar:

—He querido reunirme contigo desde la primera vez que te cogí en mis brazos. Mi mente solo podía pensar en ti, no existía nada más en mi cabeza. Todos los días a la hora de acostarme y al cerrar los párpados, soñaba con una historia que me recordaba a ti.
En ella aparecía un león fiero y yo estaba a lomos de él y siempre en el cielo vigilante, un pequeño halcón. Este inesperadamente se posó en mi hombro y me observó con sus ojos avellana que eran similares a los tuyos. De repente, alzó el vuelo y lo seguí con la mirada y el león lo siguió hasta un bosque. El cual nos llevó a un prado donde había un árbol enorme en el centro.
Continuamos hasta que nos dimos cuenta de que el halcón se había posado en una especie de rama rota. Al acercarnos a observarla, vislumbré que debajo de ella había una cabeza de león tallada que estaba rugiendo, eso hacía que hubiera una abertura dentro de su boca. No comprendí qué quería mostrarme, hasta más tarde.
─¡Ya vienen! ─le dije a mis dos compañeros,
al oír el sonido de unos caballos trotando a toda velocidad.
─¡Debemos escondernos! ─En contestación, el león rugió y el halcón se posó otra vez en la rama haciendo varios graznidos.
Al mirar hacia atrás, vi un ejército entero en la lejanía, los caballos eran sombras negras. Sus jinetes eran como yo. Venían hacia mí como si yo fuera su enemigo. Busqué la llave, pero no la encontré. "Iba a morir", pensé desconsolado. Cuando creía que ya no había salida, me desperté en mi cama lleno de sudores.
─Ayer, sin embargo, no tuve ninguna pesadilla y he llegado a la conclusión de que eres tú la que me ha curado o eres la clave de lo que me pasaba —con un suspiro terminó.
—Ese sueño es muy parecido al que yo tenía cada noche desde que te conocí, excepto ayer. Creo que tú también eres mi cura. Pero aun así, esto me confunde —me puse las manos en la cara para ocultar mi desconcierto —¿Qué nos une a ti y a mí? Es tan extraño.
Él se acercó a mí, para quitarme las manos con cuidado, yo le miré. Su rostro me resultó familiar. Entonces, él se acercó más y más hasta que chocaron sus labios con los míos. Empezó a recorrerme un cosquilleo por todo el cuerpo que me iba adormeciendo lentamente, en ese instante, mi cuerpo me abandonó. Es como si Aeto no fuera desconocido para mí.
Al despertar me encontré completamente desnuda y abrazada a él. Observé su preciosa imagen junto a mí. Que me reconfortó al sentir su piel y sus manos rodeando mi cintura. En ese instante, experimenté una paz y una felicidad que jamás he sentido en mi vida.
Lo que rompió esa calma fue descubrir que había amanecido.
—¡¡¡Despierta, Aeto!!! —digo zarandeándolo y gritándole al oído.
—¿Qué quieres, pesada? —dice con voz de sueño.
—No sabes en qué lío nos vamos a meter si nos encuentran así —expreso alterada.
—Vale, vale, no te me enfades —manifiesta con tranquilidad.
—¡¡Venga!! —le digo empujándolo.
Por fin se levantó y salimos corriendo del lugar, antes de que alguien pueda sospechar que hemos desaparecido. Cuando llegamos al castillo, él se separó de mí y me dio un beso en la mano y nos despedimos con una sonrisa.
Esa noche mi mente no paró de dar vueltas al recordar todo lo sucedido. Su recuerdo era tan dulce. Que me hace sonrojar en estos momentos. También me hizo recordar nuestros sueños y el significado que podrían tener.
Entonces me levanté de la cama. Cogí papel y pluma y empiezo a escribir lo siguiente:
"Hola, Aeto:
Recordar todo lo que ha sucedido en esta noche, que nunca olvidaré, me ha hecho pensar en nuestros sueños y he llegado a esta conclusión:
Que el león es la puerta y el halcón es la llave, es decir, todo está relacionado con nosotros. Tenemos que buscar respuestas: en nuestros sueños, en nosotros mismos y en lo que nos rodea.
Tenemos que hablar, para conseguir aclarar cosas que uno solo no puede.
De tu estimada, Celina."
Cojo la nota, la doblo, y la meto en una caja de dulces. La escondo debajo de la cama.



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