Pequeña Dama VI-La reina halcón
Mis ojos se abrieron. Ahí estaba, enfrente de mí. Su mirada era serena.
—¡Tú! —digo sorprendida—. ¡No debes estar aquí!
Él me observó. No estaba segura de qué quería de mí.
¿Para qué había venido?, me pregunté sin encontrar ninguna explicación.
—No podía dormir. Necesitaba verte y estar contigo. Tu cuerpo danzaba junto al mío en mis sueños en una sala que estaba repleta de estatuas.
Qué extraño. Parecía que me había leído el pensamiento.
¡Oh! Es tan dulce.
—Pensaba dártelo mañana, pero ya que estás aquí... —entonces me levanté para coger la caja, y así poder dársela.
—Ahora vete. No quiero que te pase nada. Espero que te gusten las galletas —las coge, y en ese momento, me da su mejor sonrisa.
No podía más, esta noche no acababa. Estaba harta de dar vueltas en este lecho. En aquel instante, me alcé en busca de una respuesta para mi historia.
¿Por qué me crie en una torre moribunda? ¿De qué tenían miedo? Necesito respuestas.
Salí del aposento sin pensar en las consecuencias. Empecé a correr con los pies descalzos, golpearlos contra el suelo, no sentía dolor, solo corría. Mi camisón blanco era como una nube que vuela al son del viento. El pelo suelto se balanceaba de un lado a otro. Oí, en ese mismo momento, voces en la lejanía y me paré de golpe. Me escondí en el hueco donde guardan los víveres del castillo.
Cuando creí que todo estaba en silencio, asomé la cabeza para salir por fin, y de repente, algo me cogió por la espalda. Noté su respiración y sentí sus manos cogiéndome los pies. Mientras estaba suspendida en el aire, la sangre fluía por mis piernas hasta llegar a mi cabeza y eso me dejó aturdida.
Sentía su cuerpo, pero no lo veía.
─¿Qué es y qué me pasará después de esta noche?
Estaba paralizada por el miedo, sin una sonrisa, y mi voz estaba apagada. Abrí la boca y sólo salió el sonido del aire, las palabras eran huecas.
¿Qué le ha hecho a mi voz?, pensé desconsolada.
Sólo me quedaba esperar a morir o perecer en un calabozo de la reina. No lo sabré hasta que llegue al final del camino. En ese instante, mi voz me dijo que huyera y no mirara atrás, pero mis pies tenían miedo de huir.
Aquí estaba, boca abajo, a un metro del suelo. Mi mente sólo pensaba en qué pasaría después. Sentía necesidad de abrazar a Aeto y fundirme en ese abrazo. Pero él no estaba aquí. Sólo mi soledad.
Empezamos a andar dentro del almacén y nos paramos enfrente de algo, y de repente, una bola de fuego en suspensión impactó contra la pared y la iluminó; y en ese instante, apareció una pluma coloreada con manchas negras dibujada en la pared. Justo en ese momento, oí una voz proveniente de mi secuestrador, dijo lo siguiente, “chaler irun”. Eso hizo que la pintura se quemara entre el fuego, después oí un ruido y la pared se movió hacia la otra parte como si un eje la hiciera girar.
Esas palabras las había oído en alguna parte, pero no recordaba dónde. Inesperadamente una imagen impactó en mis pensamientos: ¡¡la lágrima de cuarzo!! En ese momento, me toqué el colgante que resplandecía entre mis dedos. Entonces, me percaté de que la persona o la cosa que me estaba transportando era translúcida.
Siguió caminando a oscuras por el pasillo, con sólo la luz de mi pequeño talismán, que me hacía ver el suelo, el cual estaba cubierto por una alfombra roja descolorida con bordes decorados de un hilo de oro deshilachado.
Súbitamente, se paró y me bajó al suelo. Yo me quedé tumbada durante un largo rato. El techo estaba lleno de sombras de estatuas producidas por la luminiscencia de la lágrima, que cada vez era más intensa por todo el pasillo. El fulgor había llenado las tinieblas de color y el destello fuerte había impactado contra mis ojos. Me levanté del suelo con los párpados cerrados.
Me quité el colgante y lo puse entre mis manos. Esto hizo que salieran pequeños haces de luz entre los dedos. Caminé alumbrándome con mi mano, que parecía un farolillo. Miré a mi alrededor y vi que a mi lado izquierdo, había una estatua de una chica vestida con una armadura de guerra, la cual se asemejaba al plumaje de un ave y su casco era como la cabeza de un halcón. Ella estaba en posición de disparar con su arco y en su hombro tenía un halcón precioso que miraba a la estatua de al lado.
Seguí su mirada. Ahí estaba la estatua del león, igualita que la de mi sueño. Miré hacia delante y vi el pasillo lleno de estatuas de humanos con sus respectivas mascotas; un mono, un águila, un oso, un leopardo, un tigre, un elefante y una serpiente. Cada estatua humana tenía una postura distinta y una armadura acorde a su animal.
Según avanzaba por el pasillo con la luz en mi mano, distinguí un tapiz donde se veía un grupo de personas, entre ellas una joven que me resultaba familiar. En aquel momento, recordé la estatua que había visto antes. Por lo tanto, me dirigí hacia esta para observarla y me di cuenta de que a sus pies había un escudo de piedra que tenía un ojo de pájaro, al pasar la mano por encima se ocultó hacia dentro. En ese instante se desplazó la estatua y yo sorprendida por el descubrimiento, sonreí.
Apareció la habitación de Aeto. Sorprendida entré en su aposento. Él estaba en la cama durmiendo. Me acosté a su lado con cuidado y lo abracé, en su oído le dije dulcemente:
━Despierta, mi anhelo. Tenemos mucho que hacer.
Al oírme, sus ojos se movieron y su cuerpo se dio la vuelta. Mi brazo se quedó aplastado. En ese momento, abrió sus párpados y yo con cara de dolor le pegué con todas mis fuerzas para que se quitara de encima y por fin, se quitó.
─Mira que eres torpe ─le digo enfadada tocándome el brazo.
─Vamos que tengo que enseñarte una cosa.
Se levantó, me miró y seguimos nuestro camino. Al mirar a la entrada secreta, había desaparecido, en su lugar estaba el cuadro. Me puse nerviosa al sentir que la entrada se había vuelto a cerrar. Le miré a él y él soltó un resoplido profundo. Entonces, mi mente se paró a pensar en todo lo sucedido.
─¿Qué pasa, te ha comido la lengua el gato? ─dice él con intriga.
─¿Me puedes ayudar... a encontrar la entrada secreta? ─le digo con voz nerviosa. Él con extrañeza y con tono irónico me responde ─¡Una entrada secreta, sí, claro, y yo soy Merlín! ─en ese momento, se echó a reír.
Yo descorazonada me siento en su lecho y resoplo. Él me abraza y me dice al oído:
—Cuéntamelo todo.
─Soy la reina Halcón ─le digo con desconcierto ─la prueba de ello está en la estatua que he encontrado en el pasillo.
Acto seguido, él escuchó la historia de cómo yo había conseguido llegar a esa verdad tan absoluta.



Comentarios