Imagen de «Pequeña Dama IV-El sueño»

Salí de mi habitación buscando algo que me atormentaba cada noche en sueños. En ellos aparecía un hombre con pelo largo y negro que corría sin parar en un pasillo lleno de estatuas de animales y de hombres armados mirando a su fiel animal. De repente, dejó de correr. Se quedó parado en una estatua con forma de león que sostenía una espada. Miré hacia atrás para ver de qué huía. El pasillo se había convertido en una boca con grandes dientes sedientos de sangre. Desesperada sin mirar atrás empecé a correr. Miraba a mi alrededor buscando un lugar donde esconderme. Entonces tropecé y caí al suelo rompiéndome el tobillo.

—¿Por qué ahora sólo queda oscuridad? ¿Por qué sólo está su boca ensangrentada? —me pregunté en mi interior.

Cuando ya iba a ser presa de la muerte, desperté llena de sudor y desorientada.

Me levanté y me dirigí hacia la puerta y salí al pasillo principal donde me vino un olor a carne cocinada a fuego lento. Me entró hambre y me dirigí hacia la cocina. Al llegar cogí un poco de pan y lo mojé en la olla y me lo comí.

Rápidamente salí al patio de armas donde estaba un guardia durmiendo como un tronco abrazado a su espada larga, con sus manos ásperas. Su mango era de plata envejecida y la unión de la espada era un gavilán precioso el cual llevaba dos volutas a cada lado que tenían cada una dos esmeraldas. La punta de la hoja estaba clavada en la tierra verde y eso me hizo ir con cuidado, para que el guardia de la reina no me encontrara merodeando por el castillo.

Fui lentamente hacia la torre principal, que estaba envuelta en la niebla. Abrí la pesada puerta con cuidado para no hacer ruido. Entré dentro, estaba asustada y todo mi ser me temblaba. Quería ser silenciosa pero mis latidos me delataban. Subí las escaleras y sentí el frío de la piedra en mis pies descalzos. Oí un ruido y después la leve respiración de alguien. Notarla cada vez más cerca de mi cuerpo hizo que me estremeciera. Un calor penetrante subió por mi espalda. No podía mover el cuerpo. Solo respiraba. Estuve así durante largos minutos. Hasta que una mano pasó levemente por mi espalda.

—Celina, la dulce mariposa —su voz sonó como un susurro en mi oreja.

—¡Ahh, eres tú! ¡Menudo susto me has dado!- le pegué un manotazo en el hombro.

—¡Au! Eso ha dolido —dijo él molesto—. ¿Se puede saber qué haces aquí? No es que no me alegre de que vengas a visitarme —lo dijo con un tono de humor.

—Mi madre castiga a las fisgonas que se meten en cosas que no les convienen —dijo con tono serio.

—Si no, tu bonito rostro puede ser estropeado de la peor forma —dijo con seriedad.

—Me perdí. Estaba buscando a Adelaida —le respondí con un hilo de voz.

—Sí, claro. Será eso. Que echas de menos a tu dulce nana —respondió irónicamente.

—Vamos —dijo mirándome a los ojos y cogiéndome del brazo.

Estaba nerviosa y mi corazón latía apresurado. Mis pies se tropezaban. Él tiraba de mí como si fuera su caballo. Yo me resistía, pero él tiró tan fuerte que de poco desencaja mi hombro. Solté tal grito de dolor, que se debilitó mi garganta. Entonces, él paró en seco. Se dio la vuelta y me miró con tal odio que sus ojos se clavaron en los míos como puñales. Me cogió en volandas y yo empecé a golpear su espalda con fuerza, y de repente, se paró en seco y oí chirriar una cerradura de hierro cediendo.

—¡Suéltame, vil hombre!, ¡Suéltame, patán insensible!, ¡Cerebro de mosquito! —empecé a gritar como una alocada.

Él ante tal situación, se echó a reír. Su risa era como un hipo gracioso, pero aun así, yo me enfadé aún más todavía y en ese instante cerré los puños y empecé a golpear su espalda. Él reía cada vez más fuerte. Entonces dejó de reír y abrió la puerta. Yo, ante el dolor de puños, me rendí sin más y me resigné apoyando mi cabeza en su espalda. En ese mismo momento levanté la mirada. Es ahí donde uní las piezas al ver el largo pasillo detrás de mí.

—¡Es el de mi sueño! —me dije en mi interior sobresaltada.

Mi mente empezó a dar vueltas y todo lo de mi alrededor empezó a difuminarse, excepto el león y el hombre de pelo largo y su gran espada que estaban esculpidos en piedra. Se veían con toda claridad. En aquel momento, volví a la realidad. Él me dejó en el suelo y vi que el pasillo seguía hasta una puerta de madera y me quedé mirando el largo pasillo.

—Si son las mismas estatuas de animales y hombres, ¿dónde están el león y el hombre? —me pregunté a mí misma.