Imagen de «Pequeña Dama XII-La visita inesperada»

Huí como la cobarde que era, pero no solo por el beso fallido de Celina, sino porque ver a mi cuerpo en un oscuro mal me destrozó el corazón. Su aspecto se parecía a una fruta podrida y, junto al color grisáceo de mi piel, no pintaba nada bien. Caoilte vino desde un negro abismo, el cual ha ido consumiendo mi cuerpo al someterlo a un poder superior al que contenía anteriormente. Es aterrador y disforme, no sé si podré devolverlo a su estado original. Eso me llenó de un terrible pesar. Proseguí por laberínticos pasillos que me llevaron al pasillo de estatuas, miré el mapa y se iluminaron las palabras secretas “chaler irun”. El mapa me señaló la ubicación, al aparecer la estatua del león y el hombre que tan parecido era al joven príncipe Aeto. Esto me enfureció al no entender por qué cuando me estaba atacando la bola colosal, no se iluminó. Quizás no tenía nada que decir, o ese tramo no tenía ninguna palabra clave. La cuestión es que de poco se me va la vida en ello, no sé quién haría este dichoso mapa, pero por poco la muerte me alcanza, lo maldigo mil veces por su incompetente error. Pero me alegro de que Celina me haya salvado, sé que con ella mis poderes están a salvo.

 

Las antorchas se iluminaban por todo el recorrido de las estatuas. La figura del león tenía su boca abierta. Entonces me acerqué para verla, y ahí es cuando descubrí que la lágrima de cuarzo que yo le di a Celina estaba encajada en el sitio adecuado. Mi inteligente Celina había estado aquí, la incógnita es cuándo y con quién iba o si iba sola y en qué momento.

 

Celina había pasado por aquí, pero la controversia de esta cuestión no era esa, era si iba acompañada o no, por consiguiente, debía estar prevenida para cualquier imprevisto que surgiera y preparada para sus preguntas si las tuviera. No tenía miedo si solo era ella con su afán de encontrar la verdad de sí misma, ni siquiera me importaba mi posible muerte, porque moriría por ella si hiciera falta. También sé que los dioses proveen por mí y preveo que la inquietud de Celina de saber más de Esmeralda ha sido su motivo.

 

Al entrar en el pasadizo había una gran cuesta que seguía hacia abajo, oí un ruido desencajado proveniente de las paredes, izquierda y derecha, en ese instante se iluminó el mapa mostrándome las palabras “catarsum oprim”, las pronuncié y su mecanismo se paró y en ese momento, seguí hacia delante y de repente, me choqué contra una puerta de madera y los recuerdos me vinieron a borbotones despertando así a mi mente olvidadiza, entonces recordé mi broche de madera en forma de lirio. ¿¡Cómo lo había podido olvidar!? Estaba claro; el tiempo había hecho que se esfumara, diluyéndose entre polvo todo lo transcurrido en aquellos años. Estaban ya tan lejanas aquellas audiencias de cada reino ante esta sala, que sus palabras y grandes voluntades se han esfumado entre el polvo, y han sido sepultadas ante una lápida sin nombre para que no resurjan.

 

Al meter el lirio de madera, la cerradura cedió. Esperaba encontrar pistas de qué había hecho Celina aquí o qué había tocado, pero al abrir la puerta solo me vino el olor a polvo y la sensación de que nada había cambiado. Todo estaba igual, parecía que el lugar era eterno e inamovible. Lo único que faltaba a este lugar era vida. Miré a mi alrededor e imaginé la majestuosidad de antaño. La cúpula de madera, con formas simétricas formando una estrella, aún permanecía en su plenitud y sus lámparas de queroseno colgantes se habían apagado, pero sorprendentemente una de ellas todavía prendía como si los años no hubieran pasado por ella.

Era la luz de la esperanza, que se negaba a morir entre la desesperación de los trozos rotos de este lugar. Entonces vi a “Calefim” y evoqué aquel día cuando me convertí en el pájaro que vio Celina en la torre, un antiguo ser, que en nuestra lengua su nombre significa sabio. No se sabe si existe aún, pero épocas atrás iban a pedirle consejo todos los grandes reyes que existían por aquel momento. Ahí estaba mi viejo amigo “Calefim”, en una parte de la sala concéntrica, y en ese instante me acerqué hacia él para verlo con más detenimiento. Al observarlo de más cerca algo me llamó la atención: que no estaba cubierto de polvo y eso me dio a comprender lo que había pasado allí, y en pocos segundos entendí lo que eso conllevaba.

 

 

 

Me despertó un olor nauseabundo. Al abrir mis ojos lentamente, mis párpados estaban pegados y pesados. Hasta tal punto que me costó una eternidad abrirlos. Moví un poco el cuerpo y es ahí cuando sentí la tela de fieltro dura con el tacto de mis pies. Por la oscuridad y el movimiento de mi propio cuerpo, llegué a la conclusión de que me habían metido en un saco.

Ese olor era proveniente de mí y el saco parecía ser que antes había contenido cebolla. Tenía que salir de allí como fuera, empecé a pegar puñetazos como una loca sin contemplaciones.

 

—¡Adelaida, suéltame! Ya no tienes nada que quitarme.

 

—Bruja, cómo me has engañado, eres la reina de la traición.

 

—Maldita, ojalá que el mal que llevas dentro se coma tu corazón y te arrastre por los confines del mundo.

 

Ella parecía no oírme. ¿Por qué no me hacía caso? La persona era sorda o lo aparentaba, pero ni siquiera me dirigía la palabra. Me desesperaba esta situación, porque parecía como que yo no sabía dirigir mi destino. La corriente me llevaba y mi propia voz no importaba. Mi vida no era una hoja en blanco, sino un designio que ya está predeterminado. Siempre soy raptada o una situación que no elijo yo. Era extraño, pero mi corazón presentía que tenía que ver con mi pasado, que pretendía volver para convertirse en mi presente y forjar mi futuro.

Últimamente he tenido sueños con una mujer que miraba desde lo alto de una torre y de repente, parecía mirarme y luego andaba hacia el borde de la colmena, entonces se subió a ella y me miró por última vez con sus ojos azules y se tiró. Al mirar donde estaba, se había esfumado, no quedaba nada de ella. En otro, yo era su halcón y la mujer con ojos de mar y con su pelo inmenso de color negro, me acariciaba con sus dedos. ¡Eran tan suaves! Me recordaba a alguien, pero no conseguía saber de quién se trataba. No sé si soñaba con ella para evadir mi realidad o realmente significa algo. Sólo sé que todos estos y los que he tenido con anterioridad han estado siempre conectados con alguien o hacia algo relevante.

Quizás pueda salir de esta con la magia; me concentré, pero nada sucedía y eso me desmotivó. Y eso me hizo preguntarme por qué no funcionaba, si siempre se activaba en situaciones parecidas a estas. Mi destino está en manos de unos dioses caprichosos y no muy compasivos conmigo.

 

 

 

 

 

 

La luz me cegaba después de este intercambio no muy favorecedor a mi madre. Que ahora llora sin cesar por mí y por su futuro que pintaba bastante negro. Pero para ello debo aparentar que soy Dámasa; así sabré lo que trama, ya tendré tiempo de venganza hacia Celina y Adelaida. Debo salir de aquí rápidamente. Para ello necesitaré un arma muy valiosa en estos casos, la mentira. Espero ser un buen actor, más me vale, porque si no los esfuerzos de mi madre no habrán servido para nada. La complejidad de mi vida ha vuelto del revés mis planes, porque en el caso de que me descubra, mi vida se volatilizará en menos de un segundo. Nunca hay que jugar con fuego, te puedes quemar sin lugar a duda.

 

Una soledad inundó a Aeto. Entonces, miró hacia su madre por última vez, y en ese momento tan duro, tuvo que seguir hacia delante para no volver atrás, esto conmovió su corazón que antes había sido el de ella y su boca se llenó de un sabor agrio. Así me despedí de mi amada madre para no volver a verla jamás.

En aquel instante tan delicado debía pensar en mis actos y cuál paso sería el siguiente. Al entrar en la estancia me encontré a Adelaida en un rincón, me resultó extraño que fuera ella, porque ella debía tener mi aspecto, entonces comprendí lo sucedido, él era el origen de este mal. Al abrir la puerta se volvió y me miró a los ojos, tenía un brillo parecido al ámbar. Me asusté por el hecho de que me pudiera descubrir, ya que yo no era quien pretendía ser.

Se movía con cierta dificultad, le costaba seguir el ritmo del contoneo entre sus caderas y sus pies. Cuando por fin llegó junto a mí, sentí un olor rancio que provenía de él. Tenía que mantener la compostura. Lo que estaba enfrente de mí no era Adelaida, sino un cuerpo inerte casi descompuesto, el cual se movía por un mal que no había venido del mundo terrenal. Sentía que estaba enfrente de algo superior a un simple guerrero, el cual parecía que buscara algo en mí. No sé si era su intensa mirada, pero no auguraba un buen final con grandes sucesos felices que llegaran a buen fin.

 

—Hija, ¿dónde estabas? Pensaba que me habías traicionado. ¿Por qué no hablas? ¿Se te ha comido la lengua el gato?

 

Yo no sabía qué decir y tampoco sabía si debía seguir mirándole, venga Aeto di algo, no debe sospechar. Mi mente estaba colapsada por el miedo y no me salía ni una sola palabra. Él parecía que se estaba impacientando. Entonces temblando y quejumbroso, me obligué a hablar.

 

—No, padre, solo estaba observando a mi pobre hijo.

—Ya te he dicho que él forma parte del plan. Es necesario que todo siga su curso. Lo siento, hija, pero esto es inapelable.

 

Por lo visto había sido él, ahora mismo lo maldigo, pero estoy a sus pies hasta que solucione el problema de este devenir de cuerpos y almas atrapadas. La sincera verdad es que es mi deber fingir para poder tener oportunidad de salvarme y rescatar los pedazos de mi vida y el propio reino. No sé dónde está Adelaida, pero sé que debo encontrarla para llegar a una solución.

 

—Lo comprendo, padre, pero me cuesta mucho ver a alguien de mi sangre encerrado en una sala que, para mi forma de verlo, es una jaula atrapa espíritus.

—Dámasa, no seas impertinente. De pequeña te pasé por alto muchas cosas y una de ellas fue desobedecerme constantemente, en esta no voy a permitir que me plantes cara y hagas lo que te dé la gana. Es mi última palabra y debes acatarla sin rechistar; si no, atente a las consecuencias.

 

Ahí se terminó nuestra conversación. Menos mal que no fue a comprobar si yo estaba, pero me enteré de algo clave que me respondió a ciertas cosas que no entendía al estar atrapado. Pero debía encontrar a Adelaida antes de que fuera tarde para poner una solución certera.

 

 

 

 

La claustrofobia se fue convirtiendo en un sentimiento de relajación al sentir un efecto sedante. Cuanto más me movía, más se paralizaba mi cuerpo. Odiaba esta oscuridad y ¿por qué no dejábamos de andar? Me parecía frustrante. Era como si fuera montada en un caballo, pero con los ojos vendados. Aunque me inclinaba como si estuviese en lo alto de una torre colgada y el viento me balanceaba. Ya prácticamente era un cuerpo inerte. La magia procedente del saco me entumecía y actuaba de muro de contención de la mía propia. Solo me quedaba esperar y ver a dónde me llevaban.

Pero esto era un tremendo suplicio. Cada minuto era una eternidad. ¡¡¡Maldito seas mil veces!!!, le dije al ser que me transportaba. Parecía ser que no sabía hablar, porque ni una sola vez me contestó a mis alaridos y quejas.

Rota y desesperanzada, me sumergí en una profunda aceptación que me hacía olvidar todo. Mi cabeza dejó de dar vueltas, y entonces me atrapó una profunda calma que empezó por mis pies, siguió por mis piernas y brazos, prosiguió por mis labios y por último llegó a mis párpados que fueron cerrándose con lentitud; luego mi mente comenzó a hundirse en un sueño profundo.

Pasaron horas. Hasta que por sí sola me desperté en un banco. Miré alrededor, pero no veía nada que me resultara conocido. Me inclinaba a pensar que estaba en un jardín, pero tampoco podía precisar que así lo fuera. Porque estaba rodeada de setos de una envergadura considerable, los cuales no me dejaban ver más allá de ellos. ¿Por qué me habían dejado allí?, me pregunté como queriendo sacar una respuesta lógica y razonable.

Me levanté lentamente del banco. Olía a hierba recién cortada. Enfrente de mí, que estaba en el centro, había una abertura. Pero luego me percaté de que a los lados, tanto a la izquierda como a la derecha, también había otros dos orificios de entrada, en su totalidad conté que tenía cuatro, porque encontré otro detrás de mí.

No entendía nada, ¿qué pretendían dejándome aquí?

Entonces me levanté y miré al oscuro azul del cielo, el cual estaba repleto de estrellas. En ese momento, proseguí hacia la salida detrás y al cruzarla sentí un aire frío traspasar mi cuerpo. Seguí andando vigilante entre los setos. Sentía cómo cada vez me iba perdiendo a mí misma, andaba y caminaba sin parar. Persistía en seguir andando porque tarde o temprano siempre llegas a un sitio. Estaba cansada y ya no sentía los pies, pero mi mente me repetía sigue, sigue hasta el final.

 

Ya no podía más, tenía hambre y mi garganta seca empezaba a quejarse, no paraba de toser. El final se había convertido en un espejismo semejante a la puerta de mi libertad que me sacara de esta pesadilla interminable. Perdí el conocimiento y entonces al abrir los ojos ahí estaba su cara de ángel. ¿Era un sueño o había despertado de él? Todavía no sabía qué significaba encontrar esto.

 

—¡¡¡Celina, despierta!!!

—Calipsa —dije con voz cansada.

 

 

 

Adelaida estaba admirando todo lo que perteneció al reino ya extinto, que tanto había amado. El pasado le dolía, pero también le había dado sabiduría para poder enfrentarse a lo que un día no pudo superar. Los vestidos de mi reina, las pinturas de su familia que ahora están arrambladas aquí, antaño estaban colgadas por toda la zona palaciega que fue destruida en la guerra; ahora solo quedan ruinas a las afueras y la casa del jardinero. Me dirigí al armario más grande y me encontré que dentro de él estaba escondida la armadura de joven de mi humilde señora. Recuerdo su gran jovialidad por tener una armadura parecida a las plumas de un halcón.

Adoraba a ese animal, era su vigilante y su compañero hasta que el amor la encontró, mejor dicho el hijo de un viajante de paso. Sí, él pasó a segundo plano, pero él siempre fue su fiel aliado. De repente, unas pisadas me sacaron de mi ensoñación, golpeaban el suelo como mazas gigantescas, provenían desde fuera. Me asusté, pero mis ganas de saber lo que lo provocaba hicieron amansar los miedos que pudiera tener.

En ese instante, salí a la biblioteca y allí me encontré con una visita de lo más inesperada, era un bebé roca viviente, el cual me recordaba a alguien a quien no conseguía ponerle cara. Me acerqué más y más, entonces vi que llevaba un saco entre sus rocosas manos, lo dejó en el suelo y se fue.

Toqué el saco, era una forma humana; al abrirlo, la sorpresa me dejó acongojada, no me lo podía creer, era Celina. La movía, pero ella no se despertaba, solo temblaba y entonces yo dije su nombre:

 

—¡¡¡Celina, despierta!!!

 

Ella, medio ida, abrió los ojos y por sus labios salió un nombre conocido “Calipsa”. En ese instante la abracé y le dije al oído “ya estás a salvo, mi pequeña niña”.