Pequeña Dama VII-La prisionera
Nuestras voces ya habían dejado la estancia en silencio. Su habitación estaba llena de muchas palabras y ninguna solución. Entonces, le miré, me sonrojé y bajé la cara. Odiaba ese rubor que me hacía sentir tan vulnerable. Él me cogió la cara y me dijo que no sabía qué creer, pero si yo lo decía tan convencida, me creería.
Luego me besó y me tiró a la cama. Yo empecé a reír y mis carcajadas retumbaban por todo el espacio. La noche transcurrió entre sonrisas y besos sofocantes de calor. Nuestros cuerpos parecían olas con un ir y venir. En algún momento yo era el agua y él era el mar en movimiento y en otros nos convertíamos en peces.
La noche ya había terminado y el hilo de luz entraba por las rendijas de las maderas. Mi mente estaba adormilada y yo estaba tan llena de un placentero sentimiento que no percibí que había algo en la estancia. Una presencia sombría que me observaba. De repente, la parcial oscuridad se había ido para llenarse de luz. Esa presencia se convirtió en mi peor enemigo. Era Dámasa y sus hombres. Me cogieron a rastras. Yo chillaba, pero Aeto no despertaba, ni con mis lloros ni con mis súplicas. Él sólo dormía plácidamente.
━¿Qué le habéis hecho? ¿Por qué no despierta? ━ellos no me escucharon, sólo siguieron arrastrándome.
Mi cuerpo magullado ya no aguantaba más y dejé que mi consciencia se durmiera para dar paso a la inconsciencia y no recordar nada después. Me llevaron al calabozo. Ahí supe que era mi fin. La soledad se convirtió en vacío y en ese momento es cuando oyes dentro de tu cabeza los pensamientos que te golpean. Es cuando sientes que la miseria te espera a paso lento porque el tiempo se ha parado. Y pienso: ¿dónde estará Adelaida?
La cabeza me daba vueltas y la oscuridad envolvía la prisión. Mi mirada se dirigió hacia una pequeña abertura de la torre por la que entraba un hilo de luz. Sentía frío y confusión. Entonces me acurruqué como un ovillo de lana esperando que algo me salvara de la muerte, la cual se había convertido en mi manta con agujeros que me hacía temblar.
El rechinar de una puerta de hierro me hizo volver a la realidad y me senté con las piernas cogidas con las manos. Mis ojos miraron al suelo y mis pies sintieron las losas como un bloque de hielo. Al entrar el verdugo por la puerta, le sonreí con cierto delirio y me cogió sin apartar de mis ojos su mirada penetrante.
Los pasillos tenían moho y suciedad por todas las paredes, incluso telarañas. Olía a agua putrefacta y se oía un goteo incesante contra el suelo por todo el largo pasillo, que se convertía en una sinfonía de ecos.
Estaba cansada, pero debía avanzar para llegar a mi destino: la muerte envuelta de una desazón y pérdida de mis sueños. Mis pies ya no sentían nada, sólo el vacío de andar hacia mi fin. El verdugo me empujaba como si fuera una pieza de ganado. Cuando llegué a la puerta de madera, mi corazón bombeaba con rapidez, como el temor que siente una presa antes de ser cazada. Las respiraciones fuertes me despertaron de esta pesadilla, que había convertido todo mi cuerpo en un temblor constante al sentir el hedor de la muerte.
No sabía qué me hacía tener esas horribles pesadillas, pero eran tan ciertas que me costaba diferenciarlas de la realidad. Me levanté alterada y recogí mi colgante y ella, la lágrima, se iluminó en un tono rojo. Entonces, oí pasos acercándose y mi cuerpo se paralizó. El sueño me aprisionaba con fuerza o ¿era la propia ficción la que se había convertido en realidad?



Comentarios