Imagen de «Pequeña Dama IX-La piedra roja»

Ese eco hizo que las antorchas se encendieran por arte de magia. El último rebotó en el león y abrió la boca y rugió por toda la estancia como queriendo despertar al castillo de su largo letargo. Lo miré con desconcierto. Entonces mi mano empezó a acercarse a sus fauces temblando. Al introducirla, mi mente tuvo un oscuro pensamiento. La saqué de golpe al sentir algo punzante. Me tranquilicé, guardé mi cobardía, respiré y la metí otra vez. La toqué con cuidado. Si por algún motivo le diera por cerrar su hocico de pronto, se quedaría ahí mi brazo atrapado, lo que había dentro se asemejaba a una palanca con forma alargada. La cogí y con dilación la flexioné. Aunque me costó un rato, lo hice y saqué mi extremidad con rapidez antes de terminar mi suspiro ahogado. El león se movió hacia un lado dejando ver una cavidad esculpida a cincel y martillo. Al mirar por la abertura, sólo se apreciaba una oscuridad penetrante, que hizo estremecerme. Sabía que no existía otra solución: únicamente me quedaba seguir hacia delante o morir ahorcada en la plaza de armas con la reina de testigo.

Al entrar en el pasadizo, algo en mí se despertó. Una profunda sensación me recorrió por todo el cuerpo. No sólo hizo efecto en mí, sino también en las paredes del pasadizo que actuaban como si sus paredes quisieran convertirme en una fina hoja de cuchillo. En ese momento, empecé a correr sin saber cuál era mi destino y hasta dónde me conduciría.

El olor a humedad y el ruido al moverse la pared no me dejaban pensar cuál sería mi próxima actuación, la oscuridad tampoco ayudaba. Porque me hacía sentir como perdida y desubicada al no ver mi alrededor. No sabía a cuántos centímetros estaban las paredes de mí. Mis botas de cuero hacían que mis pies sudaran con una cierta exageración, incluso empezaba a sentir cansancio por la carrera, estaba extenuada y con ganas de darme ya por derrotada y fallecer en ese instante.

Estaba ya con los ánimos por los suelos cuando, de repente, mi cara se chocó con un muro o eso parecía ser. Mis tinieblas nublaron mis pensamientos y me sentí acorralada por no encontrar salida a esta encrucijada donde los caminos se habían esfumado. Me vino, repentinamente, una idea no muy descabellada sobre que todo camino siempre llega a un sitio. Toqué la supuesta pared y descubrí que tenía un pequeño agujero para introducir una llave. ¡¡¡Pero yo no tenía esa llave!!!! ¿Qué podía hacer? Cada vez se acercaban más a mí. Acabaría rota y aplastada.

Mi magia despertó ante esta situación de terror, recorriendo mi figura como las manos deseosas de una amante. No entendía qué había sucedido. Parecía que alguien me mandara esta salvación como si un Dios proveyera por mí. Sin embargo para mí esto era demasiado fácil.

El alma de Adelaida seguía atrapada en la sala de espera. Su magia había desaparecido al realizar un conjuro de transmisión. Sus fuerzas habían disminuido y de sus transparentes manos salía el medallón que había recuperado de debajo del armario. Lo descubrí cuando estaba buscando algo que me sirviera de transmisor para contactar con Calipsa, para llevarme al mundo de las almas condenadas.

El medallón tenía un escudo con el ojo de un halcón y dos flechas clavadas en el ojo, recordé el día que me lo dio la anterior reina; se ve que se le había caído al que ha robado mi cuerpo. Dentro de él se encontraba un mapa de donde empezaban los pasadizos subterráneos que salían a partir de una sala.

Este me había hecho mantener el vínculo con Celina porque era ella su legítima dueña. Por eso, mis palabras tomaron fuerzas:

“Protege a la dulce Celina y envuélvela con mi poder.

Este debe volar hacia ella y no regresar a su origen jamás.

Chaler Irun”

Espero que mi sacrificio la convierta en alguien más fuerte para poder enfrentarse a su destino tras descubrir la verdad de sus orígenes. Mi vida está esfumándose junto con mi memoria. Pronto me convertiré en un alma oscura. Espero que no entre nadie por la puerta. Eso sería un efecto en cadena que podría transformar el mundo que conocemos en un terreno baldío y sin vida. Mi mente se iba desfalleciendo hasta tal punto de olvidar quién era por momentos.

Oí un ruido por las escaleras. Eran voces que no distinguía bien, pero poco a poco las fui entendiendo hasta comprender con claridad lo que pretendían. Yo chillaba para que no entraran, pero parecía que no me oyeran porque seguía escuchando sus pasos acercándose. Arrastraban algo. Lo oía, pero no vislumbraba qué podía ser.

Cuando lo dejaron en el suelo oí un golpe seco. Entonces la voz le gritó: ¡Levanta, saco de huesos!, en ese instante, supe perfectamente quién era: ¡¡¡Dámasa!!! ¿Quién sería la pobre alma derrotada en el suelo? De lo que sí estaba segura es que a él o ella lo haría entrar aquí.

—¡Vamos, levántate! —dijo con malas pulgas.

Y escuché un golpe seco contra la puerta. Vi cómo lentamente se empezó a mover la puerta. Yo derrotada me tiré al suelo y lloré tan profundamente que mis gotas caían como una cascada sobre mí.

Las paredes se habían parado y con mis manos las hice moverse hasta que se pusieron en su posición original. La puerta estaba abierta y con cuidado entré. Era una habitación redonda donde por toda la pared había millones de libros y en medio de ella se encontraba una mesa redonda, la cual tenía distintos escudos en cada silla, que en su totalidad eran nueve, como si este fuera el sitio de reuniones del reino. Me fijé en que todas ellas estaban cubiertas por una capa de polvo. Eso hacía pensar que en mucho tiempo no se había utilizado la sala. Me llamó la atención que estuviera tan protegida para que nadie la encontrara fácilmente.

Seguí caminando hasta que algo me llamó la atención. Era una estantería en el centro, salía de ella un brillo azul intenso. Me fui acercando con cuidado hacia ella. Le quité el polvo a los libros y a la figura que parecía un pájaro. Cuando ya estaba todo pulcro descubrí que era el mismo que me encontré en la torre. Aquí estaba el emblema que me hizo pensar en la libertad: un ave de ojos de mar. Mi preciado amigo, al que buscaba en mis sueños para no sentir ese vacío en mi vida que no llenaba nadie, excepto su imagen tan querida.

¿Pero qué hacía aquí? Tiene que significar algo especial. En aquel momento, lo miré con minuciosidad para ver qué podría significar. Miré a sus ojos azules que eran zafiros y al mirarlo sentí un profundo magnetismo que me impulsó a tocarlos. Caí al abrirse una trampilla bajo mis pies. Solté un grito tan profundo que retumbó por todo el túnel mientras iba cayendo a su vez cada vez más deprisa. Durante la caída, rememoré toda mi vida y la noche con él, mi amor. Mitad. ¡¡¡Ohh, no Aetooo!!, dije con fuerza y sonó como un grito ahogado por la inmensidad del vacío. Qué será de mi sino. Sólo me quedaba esperar.

—¡Entra bastardo, es tu hora! —dijo ella con desprecio.

Él no se levantaba, pero se oían unos gemidos mientras lo golpeaban. De repente, se abrió la puerta y lo dejaron como un saco de patatas. Yo lo miré con cierto dolor y mi alma voló a su cuerpo. Estamos perdidos sin más remedio.

Mi cuerpo se paró bruscamente y me quedé en suspensión. Miré abajo con cierta sorpresa y turbación. Unos pinchos como estacas afiladas me esperaban para empalarme. Cerré los ojos para tranquilizarme y para cavilar cuál era la mejor opción. Súbitamente impactó una imagen en mis meditaciones, un rostro angelical con ojos verdes. Luego me mostró un recuerdo de Adelaida de cómo relacionaba la materia a través de los beneficios que traía la destrucción dentro de la propia naturaleza.

Abrí los ojos y el poder de destrucción llamado estampida vinculado al movimiento de tierras, hizo derrumbar la pared de roca enfrente de mí. Al caerse, descubrí el pasillo de una mazmorra del castillo. Entré en él de un salto y lo seguí sin miedo y con entereza como si no temiera nada. Pensé positivamente que si salía viva de aquí, iría a reunirme con Aeto. Era una ilusión que me afanaba mi corazón, que quería creer que así ocurriría.

Hacía un terrible calor a pesar de que dentro de las estancias de piedra solía hacer más frío. No alcanzaba a entender por qué cada vez sentía esta calima más dentro de mí, llenando mi vestido de fieltro turquesa de un espeso sudor y me dio un vahído por un breve momento.

Seguí andando con peso de plomo hasta el final del pasillo donde había dos bifurcaciones. Al llegar a ellas me decidí por la de la derecha porque parecía que por allí corría un poco de brisa. Pero me equivoqué. Ese aire todavía era más abrumador. Se asemejaba al calor de un horno de leña que elabora durante largas horas pan, en apariencia, pero era incluso peor que eso. Al llegar al núcleo de esa intensa calorina, entré en una niebla de vaho. Ahí estaba una gran piedra roja. Percibí que salían de allí los vapores provenientes de debajo de ella. Se alimentaba del subsuelo del castillo de manera que sacaba de allí su energía. Entonces evoqué la historia de Adelaida, que me contaba sobre el origen de por qué era llamado rojo el reino. Era verdad. No me lo podía creer.

Oí un alarido que se lamentaba de su destino. De la neblina apareció alguien, al cual no esperaba.