Imagen de «Pequeña Dama III-El reencuentro inesperado»

La puerta de madera se abrió. Al intentar levantarme, caí de bruces y mi cara golpeó contra el suelo. El dolor me envolvía como si me arrancaran la piel. Yo con orgullo me levanté y puse mi cuerpo erguido. Ella me miró con sus ojos verdes oscuros traspasando mi mirada y luego, con desprecio, como si se dirigiera a un perro maloliente y viejo, dijo con sequedad:

—Celina, ya es hora de que empieces con tu educación.

—Sí, reina Dámasa —respondí bajando la cabeza.

Ella me cogió la barbilla con sus manos frías como el hielo. Llevaba un anillo de oro y plata con un enorme diamante rojo en la mano derecha. Era tan bonito y emitía tal variedad de destellos que, cuando me agarró el rostro para que la mirara a los ojos, sentí su luz roja intensa en mi faz. El dolor era tan fuerte al agarrarme el semblante que intenté aguantarme las lágrimas que querían salir con violencia de mis ojos, pero al ver que le quitaba la mirada ella me forzó para que la mirara.

—No debes estar triste. Debes sonreír por alejarte de esta inmunda torre —me dijo con una voz amable, pero interesada.

Mientras ella me estaba hablando me pregunté a mí misma —¿Quién ocupará mi lugar en la torre?, otra niña secuestrada de sus padres o alguien que no le interesa que exista —me contesté.

Sus últimas palabras fueron las siguientes:

—Quiero que estés lista para mañana y no quiero quejas. No quiero niñas tristes. Sonríe —y se fue pegando un portazo.

—¡Será malvada! —pensé en mis adentros. Después de haber estado tanto tiempo encerrada me dice que sonría como si nada hubiera ocurrido.

Estaba frustrada.

—¿Por qué esperó tanto tiempo? —me pregunté.

Mi mente me daba vueltas y estaba completamente enfurecida. Empecé a tirar todo lo que encontré hasta que me tropecé y caí al suelo. Al caer sentí un líquido espeso fluir por mi brazo. Miré mi muñeca y empecé a chillar.

¡Es sangre lo que fluye por mi brazo! —pensé “creo que me voy a desmayar”.

Busqué por toda la habitación algo para lavar la herida, pero la jarra en la mesa estaba vacía y la puerta cerrada.

Mi cuerpo se tambaleaba y decidí tumbarme en la cama. Empecé a mirar al techo, que cada vez veía más borroso y los cuadros de madera cada vez estaban más oscuros y poco a poco fui entrando en un sueño plácido y cálido.

Adelaida entró, me zarandeó,

—¡Celina, despierta! ¡Oh, no, está sangrando! —dijo asustada y gritando

salió corriendo de la habitación.

Al oír el portazo, me desperté y todo fue como si hubiese dormido una eternidad. Me intenté levantar, pero no pude porque mi cuerpo me pesaba como si me hubiesen atado una piedra grande a los tobillos y a las muñecas. Entonces decidí esperar a que viniera Adelaida.

Cuando ya estaba que no podía más, por fin apareció ella preguntándome:

—¿Qué te ha pasado?

yo como respuesta le enseñé mi brazo goteando de sangre y ella pasó con cuidado una gasa de algodón por la herida y luego me lo vendó.

—Debes llevar más cuidado —me lo dijo en tono enfadado.

—¡Oh, cuánto te he echado de menos! —dije emocionada y con voz cansada.

—Yo también, mi dulce niña —respondió ella mirándome a los ojos.

—Tienes que reponerte. Nos tenemos que ir. La reina te espera.

Se levantó y me dejó un plato de comida en la mesa de madera.

Me comí las patatas hervidas tan rápido que de poco me atraganto. Quise ponerme el vestido verde tan raudo que casi lo rompo. Al salir de mi habitación, me esperaba un largo tramo de escaleras empinadas. Miré a Adelaida con ojos alegres y ella sonrió llena de felicidad dándome fuerzas para seguir. Al mirar el estrecho pasillo y los escalones de piedra, sentí claustrofobia y la cabeza empezó a dar vueltas. Me costaba caminar.

Me dije:

—Venga, no seas cobarde y débil. Sigue andando —entonces se me nubló la vista

y dije —Por favor, Adelaida, ayúdame —con voz suplicante.

En ese instante caí redonda al suelo y al final triunfó la debilidad.

Sentí las manos dormidas y el cuerpo dolorido y oí una voz dulce y pensé, "Estaré en el cielo".

Mi cuerpo se estremeció tanto como si le hubieran tirado al río y entonces abrí los ojos con tal prontitud que me dio un espasmo. Allí estaba él, frente a mí, con su sonrisa risueña.

—¿Estás bien? ¡Pensamos que no despertarías nunca! —dijo riéndose.

Me dio un abrazo que casi me saca las tripas.

-¿Me puedo sentar? —dije con un hilo de voz, sin aliento casi.

Él me soltó, y al fin, pude respirar.

—¿Quién eres? ¿Por qué estoy mojada? —

—Soy el príncipe Aeto y estás mojada porque te he tirado un cubo de agua —respondió con una leve sonrisa.

—¿Cómo he llegado hasta aquí?- le dije.

—Adelaida te ha traído —me respondió y siguió hablando —aunque claro, ayudada por mí.

—¿Por qué me has tirado un cubo de agua? La reina se va a cabrear conmigo y me va a decir que soy una inútil y una torpe —dije enfadada.

—Porque ya era hora de que despertaras. Me has parecido una vaga más que "una inútil y torpe niña"- dijo él riendo sin parar.

—¿Cuántos años tienes para llamarme "niña"? No creo que mucho más que yo —dije reprochándoselo.

—Pues 15 años, aunque aparento más. No como tú. Con tu trenza pareces una niña que en sus ratos libres juega con muñecas de trapo sucias —dijo eso y se marchó dejándome sola y mojada.

—¡Será idiota! Si tiene un año más que yo —pensé enfurecida.

La soledad me inundaba. Quería huir de allí, no estaba en condiciones de presentarme ante ella. Miré la puerta de madera a la espera de que la reina viniera para llevarme a mi aposento o echarme de aquí. Mientras estaba sentada en la cama de plumas, sentí un escalofrío al pensar en Aeto, en sus labios carnosos y su serena mirada cristalina. Su cara era redonda y sus cabellos negros se deslizaban por sus hombros. Me sentía tan confundida por lo sucedido que no me pareció correcto pensar en un niño tan estúpido de esa manera.

Entonces, de repente, se abrió la puerta y apareció Adelaida —su expresión era seria y su voz autoritaria —la reina viene —me dijo mirándome a los ojos.

Al oír sus palabras me puse recta para que no se diera cuenta de que mis piernas temblaban. Entonces entró ella. Adelaida y yo bajamos la cabeza como muestra de respeto. Ella me miró con desprecio como si fuera un estorbo en su camino.

—Celina, ¿qué haces en este aposento? El tuyo está junto a la cocina —dijo con unos ojos que me traspasaban.

Adelaida intervino.

—Se desmayó y tu dulce hijo la socorrió y la trajo aquí.

—¡Llévate a Celina de aquí! No quiero verla —dijo ella furiosa.

Adelaida me hizo un gesto con la mirada para que la siguiera.

Pasaron los meses y mi existencia sirviendo a esa bruja era cada día más dura. Yo me repetía que mi fin no era éste, sino encontrar a Esmeralda; al fin y al cabo éste era mi destino. En ese instante, me vino a la mente el pájaro de ojos azules y sus grandes alas sobrevolando el cielo abierto. Quería llegar a ser como él. Encontrar un sitio en donde poder correr con libertad, así, alzar mi propio vuelo.