Pequeña Dama VIII-El resurgir de la maldad
Dámasa paseaba por el aposento. Su mente estaba perdida y sin saber qué quería. Su mundo se desmoronaba. Sus grandiosos vestidos de terciopelo y de seda estaban descoloridos y pálidos.
Su cara estaba raquítica y sus ojos verdes claros eran ahora oscuros. Sus sueños eran pesadillas donde un gran espejo se rompía en pedazos y su cama, de madera de pino tallada, la atrapaba. Ella gritaba tanto que sus cuerdas vocales se quebraban; y cada vez que se movía se hundía más y más. En ese instante, los trozos del espejo fueron directos hacia ella como dagas. Su sangre recorría las sábanas, hasta que su vida llegaba a su fin.
Se tiró al suelo desconsolada, sin saber el origen de su derrota. Algo se le había pasado durante estos años. Miró la cruel mirada de su padre dibujada en el cuadro y se sintió como si las tinieblas la acogieran como su hija perdida. Se chocaban dentro de mi cabeza estas palabras una y otra vez:
“Despierta de tu letargo, vuelve a mis manos. Llama a Adelaida, ella es la clave de lo que te ha hecho perder el símbolo de lo que es la piedra roja para nuestro reino. ¡¡¡Tráemela!!!”
Sus iris se pusieron rojos y su corazón negro rompió el velo que le hacía olvidar. Recordó cómo la conoció. Era una noche lluviosa y su carruaje había encallado en el fango lejos del reino, ella apareció en la noche como un ángel inmaculado. Sus pupilas envueltas en un azul profundo me hicieron olvidar la noche lluviosa. Ella se fue acercando y su destello azul celeste me envolvió. Después me acarició la mejilla haciéndome olvidar mi odio y mi maldad, que cubría de escarcha mi corazón. Al día siguiente amanecí desnuda y embarazada, lo cual no entendí ni entiendo ahora, sólo sé que aquello me hizo feliz.
¿Qué me había hecho? ¿Era un embrujo? Yo lo único que sé es que estaba llena de dicha.
Ella me convenció de que la necesitaba y desde ese momento fue mi confidente.
━¡¡¡¡Adelaidaaaaaaaaaaaa, ven!!!! ━Este grito se oyó por todo el reino.
Temblaron las piedras del castillo y la piedra roja de su anillo brilló con intensidad. Todo se paró y sólo se oía su grito de furia. Adelaida tembló, pero no por el grito, sino por el despertar de algo malvado que esperaba desde el día que embrujó a Dámasa. Pensó en Celina y el secreto que les unió. ¿Qué haría ahora? Sólo le quedaba una opción, no había otra mejor que esa.
Dámasa estaba mirando por la ventana, observaba la llegada de ella. Su mirada la inquietaba, pero su odio era más fuerte y, por un momento, sintió miedo, pero algo le recorrió dentro de sí misma. Una fuerza tan poderosa que su cuerpo se llenó de vida y un placer que le hizo sentir una punzada, que salió de ella una risotada.
La miró y pensó en su error, al creer que había engañado al dios macabro, Romel. Cerró los párpados y ya no los abrió hasta sentir su magia pura que la rodeaba. Ella era poderosa, pero su alma podía ser contaminada. Entró en la sala de espera y ahí estaba con sus iris llenos de negrura. Sus manos estaban cubiertas de sangre roja y su vestido estaba desgarrado como si viniera de una batalla.
La miré con desconcierto y con terror. Me concentré en mi poder interior y cogí mi antiguo broche de madera en forma de flor de lirio, que me conectaba con la naturaleza para atraer al viento y así derrotar el poder del fuego de su interior. Pero mis esfuerzos fueron inútiles, en la sala cada vez subía más la temperatura, Dámasa estaba inmóvil y entre sus manos apretaba algo con intensidad. Mis fuerzas iban menguando hasta perder la estabilidad de mi cuerpo, ya no lo controlaba, ahora ella era mi dueña.
Abandoné mi cuerpo y vi cómo alguien se sumergía en él. Tenía que hacer algo, Celina corría peligro. ¿Pero cómo podría ayudarla si era un espíritu errante atrapado en este espacio? Tengo que reunirme con Calipsa, mi maestra (diosa de los cinco elementos).
Dámasa abandonó la sala y con ella mi cuerpo. Era absurdo pensar que esto tendría un final feliz cuando la truculencia y la sangre cubrían sus manos. ¿De quién sería esa sangre? Empecé a olvidar mi misión aquí, estaba perdiendo la cabeza poco a poco. ¿Qué me había hecho esa arpía? Tenía que reaccionar, antes de que mis recuerdos vividos se esfumasen.
Decidí salir de allí, pero cada vez que lo intentaba mi transparencia me lo impedía. Tenía que buscar la forma de conectar mi fuerza interior con el material de la puerta. Lo miré con intensidad sintiendo la energía que lo rodeaba. Era de un componente relacionado con mi naturaleza, la tierra. Pero no conseguía cogerlo.
Estaba en el aposento y la lágrima brillaba con intensidad cada vez que me acercaba al cuadro. No encontraba nada especial en él. Las llaves sonaban por el pasillo exterior. Mi sueño se hacía más presente en mi mente y sentí el hedor de mi muerte. Me puse nerviosa y empecé a tocar todo y las cenefas de debajo del cuadro se movieron.
Entonces vi la caja de galletas que le di a Aeto, pero no había tiempo para cogerla. Aparecí en el pasillo como si la pared hubiera girado. Ahora no podía volver afuera, sería mi destrucción. Mi lugar era estar aquí para descubrir qué es lo que me habían ocultado durante tanto tiempo. Oí gritos en el exterior y me dio un vuelco el corazón. Aparecí enfrente de mi estatua que tanto me recordaba a mí.
Todo estaba confuso en mi habitación. Abrí los ojos. Ahí estaba mi madre, exigiendo explicaciones sobre una caja de galletas y balanceando la nota de Celina en mi cara. Me incorporé en la cama para explicarme, pero de pronto sentí un golpe en la cara y me desvanecí entre las sábanas.
Ahí estaba intentando salir del rompecabezas que me ha dejado esta bruja endemoniada. Pensando en la situación, rememoré una enseñanza que aprendí cuando tenía doce años. Acto seguido, recordé que mi pobre madre, Delia, fue presa de un maleficio... ¡¡Oh, no, es "el hechizo hiedra roja" el que me hace estar unida a esta sala!!; no sólo es un conjuro fuerte, sino que es de duración prolongada hasta que alguien entre aquí y, para su desgracia, yo posea su cuerpo. Calipsa mandó al alma de mi madre "al pozo oscuro" donde están las almas condenadas. Todavía siento el dolor de su pérdida.
Recuerdo que Calipsa me dijo:
“Este hechizo, hiedra roja, ha sido lanzado por el regreso de un alma maldita que ha sido ayudada por un ser querido que lo echaba de menos; pero ese hecho ha surgido de la completa desesperación y eso causa un desajuste en el mundo mortal porque el alma maldita nunca tiene suficiente. Va desechando los cuerpos según se van pudriendo y, a su vez, al poseerlos, crea nuevas almas malditas atrapadas como Delia”.
Después de sus palabras me dio un gran abrazo y me tranquilizó. Ese día marcó mi vida. Pasé de ser una niña alegre a su aprendiz y con ello, perdí mi inocencia.
Mi nombre es Celina, pero cuál es mi origen, no lo sé -me dije a mí misma. Estaba parada en la estatua porque parecía que todo giraba en torno a ella. No conseguía encontrar relación conmigo, pero sentía una unión especial con ella. Su cara se parecía a mí, pero sus ojos eran rasgados, sin embargo, los míos eran más redondeados. Su halcón vigilaba “al león” con insistencia: “¿Qué quería de él?”, susurré en el vacío del pasillo.
Miré al león de cerca y pude vislumbrar que le faltaba algo en su boca. Entonces, cogí mi lágrima, que todavía no había perdido su brillo intenso, la observé con atención y en ese momento, lo supe y la coloqué en su sitio. No pasó nada, no me lo podía creer. Ya estaba desesperada. Me paré a pensar unos segundos y, en aquel instante, apareció en mi mente el recuerdo del hombre translúcido y sus palabras resonaron en mí y las dije con ímpetu: "chaler irun".
Seguidamente, ellas rebotaron en las paredes del pasillo produciendo un eco interminable.



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