Imagen de «Pequeña Dama XI-La trampa»

Su voz era para mí un susurro en la lejanía, el cual me atormentaba. Lo sentía tan real… No era él, no era posible. Él estaba muerto.

—¿De verdad eres tú, Aeto? No, no… puede ser.

—Soy yo, Aeto… de verdad, no soy ningún sueño y tampoco un fantasma. Soy humano; de carne y hueso.

Esto me desconcertaba. Sus palabras una y otra vez volvían a mí.

Aun así le creí. Sabiendo que esto podría abrir una grieta en el negro abismo, o peor aún, en una fantasía que me llevaría a la locura.

—Vale, te creo, pero como intentes engañarme… —solté un suspiro— no respondo de mis actos.

—No te preocupes, confía en mí (su voz sonó segura).

—¿Estás sola? ¿Posees magia? —me preguntó con incredulidad.

—Qué más da… estoy sola, con quién iba a estar. Un segundo... tú no eres Aeto, eres alguien que viene a sonsacarme algo para utilizarme —desconfié de él, le grité alterada— ¡¡¡Lárgate, no te creo!!!

 

 

 

Ese alguien me gritó: ¡volveré!, pero yo seguí vociferando cada vez más fuerte. No oí cómo se alejó, solo se fue. Yo seguí en silencio hasta que mis pensamientos se ralentizaron y caí dormida.

Mi vida se ha convertido en una espera incansable, solamente cambia de ella, el color al dormirme. En un principio el hambre me devoraba mis tripas, pero ahora se han acostumbrado a sentir el vacío, y han dejado de rugir. Tampoco sentía sed, supongo que cuando estás seca por dentro dejas de sentirla. Mi única meta era la muerte. No sé cuánto tiempo había transcurrido, pero parece que haya pasado un siglo entero.

Pensé, una última vez, en aquella voz que ahora era un vago recuerdo y volví a dormirme.

 

 

 

Hola mundo, estoy aquí atrapado. Sí, yo, el hijo de la reina, al que la reina amaba sin ninguna dilación. Me siento traicionado y herido. Odio, más odio y venganza es lo único que me queda en mis venas. Me he jurado a mí mismo que si salgo de esta, me dedicaré a buscar un plan maestro para matar a la reina. Mi siguiente meta será buscar a Adelaida, hasta el último día de mi existencia, y cuando la encuentre, le haré devolver lo que es mío, mi cuerpo. ¿¡Mi amada!? Si se merece que la llame así, me vengaré de ella de la peor manera; le quitaré su libertad como a su vez ella me la quitó a mí. Al marcharse sin más, aun sabiendo que la reina venía a por mí.

Ser un alma errante atrapada en un espacio tan pequeño era horrible, da igual cuánto chille, nadie te oye. Solo puedes tener conversaciones contigo mismo. Intentas coger algo, y se te escapa entre las manos, sin embargo, intentas traspasar la pared y te estampas contra ella, esto no tiene sentido alguno. Pero aun así, tengo esperanza de poder salir de aquí.

Espero que el destino esté de mi parte y me dé la oportunidad para hacer justicia a mi manera. Mientras seguiré aquí pagando por una culpa que ni siquiera merezco.

Los remordimientos me consumían por lo de mi hijo, quizás haya sido muy dura. Pero él era mi hijo, y debía comportarse como un rey, no como un endeblucho. Mi rabia hacia él, todavía seguía dentro de mí, me era imposible olvidar su traición. Al igual que tampoco soportaba a la sumisa de Adelaida. Se merece por toda una eternidad su condena en otro cuerpo, aunque con ello haya condenado, sin remedio, a mi propio hijo.

—Padre, ¿qué debo hacer con Aeto? —mi compasión me pudo, a pesar de todo amaba a mi hijo—. ¿Debo dejar que se pudra?

—Me complace tu bondad, pero mi nieto debe estar donde está, atrapado con Adelaida —me dijo con tono duro.

—Para conseguir lo que queremos debemos ser rectos hasta con nuestros semejantes —suspiró—. ¡No olvides de quién eres hija!

—¿De quién, padre? Nunca me has dicho quién era mi madre. Solo sé de ella que murió durante la guerra.

—Eso lo sabrás a su debido tiempo, ahora debemos seguir mi plan establecido.

—Eres mi hija y debes obedecer.

—¿Por qué no poseo el don de la magia, si procedo de un mago? —le pregunté queriendo sacar más en claro.

—Mi don lo conseguí de una forma no muy recomendable, no puedo contar más sobre mi pasado —soltó un gruñido—. Deja de preguntar cosas que no debo contar en estos momentos.

—¿Cuándo será el momento, padre? ¿Qué me ocultas?, ¡quiero saberlo ya!

Pero él ignoró mis palabras, y se fue hacia la ventana.

Le irritaba cuando le preguntaba sobre nuestros orígenes, él me respondía con divagaciones que no llevaban a ningún sitio. No sé qué quería de mí, me decía que debíamos seguir el plan, y luego solo me contaba unos pocos matices.

Mi maldad cada vez era más evidente, parecía que la necesitaba. Como si todos estos años alguien hubiese querido contenerla para que jamás saliera, y se quedara en un recoveco cubierto de una negrura intensa. Cada día se metía más en mí, no podía evitarlo, la oscuridad me atraía. Sentir en la palma de mi mano tantísimo poder, y someter a tantas vidas, me hacía estar viva. Amaba a la oscuridad tanto como ella me brindaba sus brazos amorosos cubriéndome con ellos. Pero también sentía amor hacia mi amado hijo, pero sin embargo, no debía contrariar a mi padre. Me encontraba ante un dilema.

Para él todo era un instrumento, y nada pasaba sin su previo control, no era solo su hija, sino un objeto valioso. Yo pienso que él me oculta sus verdaderos planes. Por ello debo ir con cautela.

 

 

 

—La piedra roja llegará a su plenitud en unos días —dijo él.

—¡¿Qué, cómo… no puedes hacer eso?! —solté una respiración ahogada—. El castillo será destruido.

Él me miró, y soltó una carcajada burlona y se fue por el pasadizo.

 

 

 

Yo me quedé pensativa. ¿Por qué quería volver desde el más allá? Ya tenía lo que quería, el reino. No llegaba a vislumbrar sus intenciones. Para qué querrá devastar sus propias riquezas, era absurdo. Solo él conocía el fin de sus actos.

 

 

 

—¿Cómo podía evitar esta catástrofe?

 

 

 

Sus gritos insoportables me acompañaron mientras huía. La maltrecha Celina tenía que esperar, mi meta a corto plazo era salir de aquí. Me sentía culpable por no haberla protegido. Inevitablemente todo se estaba desmoronando, si esto seguía así, el reino iría cada vez hacia un sino incierto, y nuestros orígenes jamás podrían ser recuperados. Pero esto no sería lo peor, sino que vendría otra cosa más pésima si cabe, una guerra, y tras ella vendría la pobreza y las listas interminables de muertos. Esto haría que nuestros reinos volvieran a juntarse, como cuando perdimos la guerra, y por ello nuestros habitantes huyeron al bosque, y luego se convirtieron en ladrones. Ahora están armados en quién sabe dónde escondidos a las afueras en cuevas, lejos del bosque de cedros.

Debía dirigirme a la biblioteca sagrada, y buscar información sobre los poderes del Dios Romel y el escudo rojo, que sometía al reino a su protección, y de donde emanaba su poder, tenía que tener un punto débil para poder flanquearlo. Estaba yendo hacia allí, cuando me vino un vago recuerdo del pasado. En ese pequeño instante sentí un mareo, y me paré. Esto me sumergió en un sueño, en el cual, yo estaba escondida en un armario, y la tremenda curiosidad me envolvía; y es ahí, donde miré por el ojo de la cerradura. Cuando iba a descubrir la veracidad de los hechos, de aquella noche, mi mente volvió en sí al presente.

 

 

 

Los recuerdos me dolían y resquebrajaban mi entereza. Mi espíritu se estaba envenenando con odio. No podía hacer nada. Cada día estaba más atrapado en mis pensamientos, y los anhelos de tocar su piel se habían esfumado, Celina, ¡¡odiosa felona!! Mi mente se esfumaba poco a poco y los efectos de la magia negra… estaban borrando mis profundas . Aun así, la evocación de aquella noche junto a ella, tocando cada palmo de su cuerpo y sintiendo sus manos deslizándose por el mío, no lograba olvidarlo. ¡¡Maldita seas, Celina!! Te amo más de lo que debía, pero tu traición me ha corrompido y ahora no paro de odiarte.

Mientras él se quejaba, había alguien más observándolo con cierto pesar y desconsuelo. Ella no podía verlo en ese estado, desvaneciéndose, aunque la hubiera decepcionado. Estaba dispuesta a hacerlo, aunque… con ello perdiera la vida.

Él advirtió que alguien le observaba con cierto recelo, pero no podía distinguir de dónde procedía esa penetrante mirada. Notaba una sensación de acorralamiento y de opresión. No sabía qué iba a suceder. Ni presentía lo que pasaría, eso sí, le dio un terrible estremecimiento que le originó un frío inquietante. Entonces, apareció ante él una persona que no esperaba en absoluto…

 

 

 

El mapa, por desgracia, no me servía por la escasa claridad del lugar. Me desplazaba por los pasadizos, laberínticos, sin ninguna luz. Al estar desprovista de todo, me transmitía una incertidumbre y una sensación de claustrofobia. Sentí pavor por las trampas que me esperaban hasta llegar a mi destino. Pero seguí hacia delante con cierto recelo, debía proceder ante mi oscuro hado que me aguardaba. Corrí hasta perder el aliento. Mi corazón se aceleraba con cada zancada. Las pisadas retumbaban en el suelo. Hasta que escuché cómo una loseta, al pasar por encima, se metía hacia dentro. Mi inercia me hizo correr, en ese trascurso de tiempo oí un sonido semejante a una estampida que me hizo estremecerme. Todavía no llegaba a vislumbrar qué era ese ruido que se dirigía hacia mí tan velozmente.

A lo lejos vi una masa rocosa en efervescencia rodeada de fuego, que iluminaba todo el lugar. En ese instante, busqué el mapa y cuando lo encontré, intenté averiguar dónde estaba. Las letras ahora las veía movidas al correr para que no me pillara la dichosa bola.

 

 

 

Al oír el golpeteo la roca cedió a mis espaldas, pero yo seguía sumida en mis pensamientos sin reaccionar. Mis piernas entumecidas no respondían.

Unas pisadas fueron acercándose a mí, en ese mismo instante, me afligí al percibir un fuerte golpe en el costado. Pero aun así, parecía como si mi cuerpo se hubiera vuelto insensible. Me incorporé un poco, para ver quién era el que me molestaba en mi lenta caída al vacío.

Dije con una voz casi imperceptible:

 

 

 

—Adelaida —salió de mí una pequeña sonrisa— ¡¿Eres tú?!

En ese instante, me dio una gran bofetada. —¡¡Venga, levanta!!

 

 

 

Ella al ver que no podía levantarme, mandó a sus guardias de largas cabelleras y armaduras de plata. Ellos también me golpearon con saña y mi cabeza empezó a dar vueltas. Yo seguía sin moverme, no tenía fuerzas para caminar. Le eché una quejumbrosa mirada. Pero el jefe de la guardia me golpeó más todavía, entonces bajé mi mirada, y me sometí a su fuerza bruta; hasta que mis pocas energías cedieron perdiendo mi consciencia.

 

 

 

 

 

 

Desperté de golpe, alguien me había tirado al suelo. Así es como se intensificaron mis dolores, y por ello, se agravó mi estado. Escuché unos gritos al final del pasillo. Me pregunté "¿Quién sería?", en ese preciso momento miré hacia atrás y vi cómo los guardas huían despavoridos.

Detrás de mí, Adelaida estaba con los brazos estirados y las manos mirando hacia arriba, intentaba parar algo.

Luego observé a lo lejos un adolescente de mi edad, corría delante de una bola de fuego. Parecía que miraba a un papel o algo parecido, no lo distinguía realmente bien. El chico se estaba acercando a mí, tenía el cabello negro y sus ojos azules turquesa chispearon al verme.

Él me gritó: ¡¡correee!!

Yo me alarmé e intenté levantarme, pero el terror me había paralizado, lloré con estupor y con una rabia que me consumía con ardor.

En ese momento, surgió otra vez su voz, quién era no importaba, solo él me podía salvar. Me concentré en su deliciosa onda sonora, que me cautivaba. Cerré mis párpados y confié en ella. Al resplandecer, uní mi mente con mis manos, sucedió algo sorprendente que me dio vida y me llenó de un poder que me transformó en pura energía.

Y de mi boca salieron las siguientes palabras:

“¡¡(Bola) vuelve a convertirte en hielo y detente!!”

¿¡Yo he hecho parar ese pedrusco!? En quién me había convertido. Entonces, caí al suelo mirando mis palmas todavía congeladas. A lo lejos se acercaba un fantasma hacia mí, pensé, estoy enloqueciendo, maldita sea. Estos poderes me están trastornando.

Mi existencia rota estaba intentando volar de aquí, cuando sus dedos empezaron a pasear por mi pelo, en ese mismo tiempo, yo alcé mi cabeza hacia arriba y lo miré y sus ojos brillaron como diamantes.

—¿Eres tú, Aeto? —digo emocionada.

Acerqué mis labios a los suyos y le susurré al oído, “Te quiero”. Él apartó la cara al yo intentar besarle y no dijo nada ante la palabra que le dije, solamente me miró, se dio la vuelta, y huyó ante mi mirada perpleja. Dejándome de nuevo sola.

—¡Aeto, vuelve, por favor! No huyas —le grité.

Pero de nada sirvió, ya había desaparecido.

Mientras ella miraba con desconsuelo al vacío, alguien se fue aproximando hacia ella por la espalda.