Pequeña Dama X-Cuerpos truncados
Sentía como un cosquilleo dentro de mí. Mi esencia danzaba dentro del cuerpo de Aeto, mientras su espíritu se condenaba en un rincón de la habitación. Aunque dentro de él habitaba mi ánima, yo era ahora Aeto.
Dije dentro de mí:
“Aeto, Aeto, lo siento. Estás condenado, pero debo seguir para salvar a tu amada, Celina. Mi corazón se rompe ante esta situación. Eres un reo ante la muerte, que buceaba dentro de su esencia ante su condena, que es fruto de la injusticia de la maldad de su madre.”
El relicario llevaba incrustado el símbolo del reino, un ojo de halcón. Lo que no cuadraba en él era la flecha clavada, no tenía ninguna relación con el propio reino. Debía ser un mecanismo que, al presionarlo, cedería y, en ese instante, se abriría. Lo miré y remiré, pero no encontraba el truco para abrirlo. Entonces, toqué por pura obviedad la flecha, la cual se trasladó hacia un lado metiéndose así dentro de la pupila, y en ese instante realizó balanceándose tres movimientos idénticos al anterior. El guardapelo cedió y se abrió, dejando ver un trozo de piel doblada. Al extenderlo, se pudo ver que era un mapa del castillo, donde también se distinguían las puertas de acceso a los pasadizos.
Al mirar el mapa, supuse que había una entrada en la habitación de Dámasa. Abrí la puerta, los goznes chirriaron de una manera estridente y mis pensamientos se nublaron de forma repentina. Entré con cautela, a pesar de que podía estar ella allí. Todo era silencio. La oscuridad lo inundaba todo y me hacía sentir parte de ella. Abrí los pesados ventanales para dar un poco de luz a la tenue sala. El cielo estaba ennegrecido. El mal esperaba con cautela en las sombras, a la espera de encontrar el momento adecuado, y cernir el castillo de una espesa niebla y envolver a sus ciudadanos en la desesperación.
Podía distinguir a mi alrededor, con cierta claridad, que había algo que no encajaba en el muro. Era una abertura en la pared poco profunda. Estaba perfectamente a la vista, eso significaba que lo utilizaban para desplazarse Dámasa y su padre, para esquivar el lugar donde nos encontramos Aeto y yo.
El pasadizo estaba alumbrado y recubierto por un tizne grisáceo. Olía a ceniza como si hubiera pasado por aquí, dejando su esencia, un deshollinador. Seguí andando sin pensar qué habría después de este inmenso pasillo. Empecé a sentir un bochorno insoportable. Mi cerebro mandaba órdenes a mis piernas para no perder el equilibrio. Aun así, me costaba andar. Llegué hasta los más profundos recovecos de la fortaleza, desde allí percibí una luz rojiza. Cubierta por una húmeda neblina. En la lejanía vislumbré unas sombras que se llevaban a alguien prisionera. Me tiré al suelo para observar. Entonces, la prisionera chilló de forma ahogada diciendo: “Adelaidaaa”.
—¿¡Por todos los dioses, es Celina?! —me pregunté con desconcierto.
Decidí seguir a la bandada de sombras para averiguar hacia dónde me llevaban. Pero tenía que ser sigilosa al carecer de mis poderes. Debía esconderme, si no, no servirían de nada mis intentos de rescatarla. Estaba convencida de que yo era su única salvación. Ante la maldad que recorría cada rincón de este lugar. Incluso los bosques de cedros eran sus siervos y los soldados no dejaban salir a nadie fuera de nuestras fronteras.
La piedra roja estaba en su plenitud de poder. Por lo tanto, su cúpula de protección era más potente que nunca, antes podías salir sin que ella percibiera que habías traspasado el límite, pero desde que se rompió mi vínculo con Dámasa, ha incrementado cada día su poder.
La verdad es que desde que estoy en este cuerpo de hombre, me siento más joven y vigorosa; “¡oh dios, quítame estos pensamientos tan absurdos, voy a acabar por enamorarme de mi propio cuerpo!”, me dije un poco alarmada. Sólo debo pensar en cómo me las voy a apañar para que no me vean. Entonces, les seguí entre los vapores producidos por la subida de temperatura de la piedra.
Celina pensaba que su vida estaba al filo de un precipicio muy alto. Dámasa de vez en cuando me miraba con desprecio, para ella, siempre había sido un estorbo. Y ahora todavía más, al meterme en un terreno escabroso. Dámasa estaba distinta. Sus ojos expresaban un sentimiento vacío.
Paramos delante de un muro. No tenía nada de especial, solo una pared ahumada de negro y mohosa. Ella cerró los ojos y puso las manos en el muro. Viendo que eso no funcionaba, se acercó a ella una mujer que tenía la cara tapada con una capucha negra. Me resultó familiar por su forma de moverse. En ese momento, se quitó la capucha y me miró fijamente, sus ojos habían cambiado de un azul celeste a un negro azabache. Su cara estaba desfigurada… era horrible. Ya no era mi querida Adelaida. Sentí lástima por ella, su alma estaba perdida en un mar oscuro en el que se iba ahogando poco a poco.
De sus manos salió una energía roja y empezó a dibujar unos símbolos: un círculo, una C, P, A en ella, en ese instante se unificaron, quedando las letras dentro del círculo y se convirtió en piedra. Dámasa lo apretó, en ese momento, apareció una cavidad oscura.
—Metedla, o mejor… —dijo con una sonrisa malévola—, hazle “la mancha del prisionero sumiso”, por si acaso, no quiero que se escape.
—¡No, por favorrr!, seré tu esclava. No me dejes en este agujero —le grité suplicando por mi vida.
—¿De qué me serviría una bastarda de 14 años que ni siquiera sé de dónde ha salido? —soltó un resoplido— eres el desperdicio que sedujo a mi amado hijo, por ello, es un traidor de lo más despreciable, pero no te preocupes ya ha recibido su castigo y le he condenado de una forma que jamás olvidará su traición. Definitivamente no me sirves de nada, pero no te pongas así, si dentro de poco estarás colgada en la plaza de armas y serás alimento para cuervos.
Mi corazón se rompió en mil pedazos al oír sus palabras. No me podía creer que hubiese matado a su propio hijo por el simple hecho de amarme, era tan absurdo, que no tenía ningún sentido. Seguramente había algo más que ella no me quería decir.
—¡No me mates!, por favor, te sirvo más viva. Por mis venas corre la magia.
—¿Cómo sé que no me venderás al mejor postor? —dijo queriendo negociar.
Miré a sus ojos rojos resplandecientes, ya no eran los de antes, estaban embrujados. Agaché la cabeza y proseguí hablando.
—Ya nada me queda. Soy toda tuya. Mi fidelidad será eterna. Cuando ya no te sirva, puedes matarme. Nada te lo impide. Soy tu mejor opción para aumentar tus fuerzas. He percibido que tu sangre no es tan poderosa como la mía. Mi magia es pura y proviene del mundo antiguo. Domino los cinco elementos que pueden ayudarte a abrir las puertas ante el mundo de los dioses —dije con entereza. Y cuando terminé levanté mi cabeza.
—Jajaj, eres una bastarda bastante lista. Por ello, tengo que cavilar tu propuesta, que me ofreces con tanta firmeza y entereza —dijo poniéndose la mano en la barbilla—. Bueno, por ahora… ¡metedla al calabozo! —dijo gritando.
Ella con suma tranquilidad siguió andando y se alejó a través del pasillo, con su ayudante Adelaida. Dejándome a mí con sus verdugos, que actuaron por ella.
—¡¡¡Nooo, por favorrr!!! —dije resquebrajándome la garganta.
Lo último que oí antes de que taparan la entrada, fue su siniestra risa a lo lejos.
Enloquecía con solo preguntarme, “¿el porqué de su traición?”.
Esa pregunta me confirmó que había perdido a Adelaida. En ese preciso instante, solté un alarido fuerte y desgarrador. Entonces, la impotencia me inundó. Y la lobreguez se instaló en mí. Ese hecho menguó mi ánimo de seguir viva y se convirtió en un silo punzante, al sentir un peso enorme sobre mi pecho, que impedía que me levantara.
Mi vestido raído estaba pegado como una segunda piel. Mi alma derrotada quería que falleciera para abandonar mi cuerpo. Mi futuro era incierto. Solo quería despertar en otro lugar plácido y confortable.
“¡¡¡Oh Dios, sálvame o acaba con mi vida en este instante, no quiero vivir eternamente así!!! Los minutos son tan largos… y tan dolorosos...”, dije ante la inhumanidad que me rodeaba.
Uff, menos mal que no he sido descubierta, si no, estaría con Celina en la prisión. Y ella sin saber los hechos que ya han transcurrido, se hubiese abalanzado a mis brazos, creyendo que yo era Aeto, jaja, qué escena tan cómica.
En este instante de confusión me pregunté con ciertas dudas, “¿Me habré equivocado de lugar?”.
Entonces, vi que la pared estaba marcada con un círculo, y dentro de él, había tres letras entrelazadas entre sí. Lo presioné para ver qué ocurría, pero no sucedió nada. Al acercar mi oreja al muro, sólo oí una tremenda calma al otro lado.
En ese momento, empecé a chillar desaforadamente con la esperanza de que me oyera.
—¡¿Celina, estás ahí!?, por favor, te suplico que me contestes.
Parecía que hablara con un muro. Su silencio era sepulcral.
—¡¡¡Celina, Celina, Celi…na!!!
Seguí llamándola hasta que mi voz se apagó en mi garganta.
Su cárcel se había convertido en sus peores miedos, y su terror a la oscuridad le hacía sentirse atrapada.
Los temblores se convirtieron en una agitación intensa, y sus dientes castañetearon incesantemente. La humedad se le metía hasta los huesos al sentir el suelo empapado y el olor a mojado que ascendía por su nariz.
Mi respiración, un fino hilo de aire, se entrecortaba poco a poco hasta desaparecer. De repente, una voz me despertó de mi largo letargo, mi mente débil y moribunda, no podía discernir lo que estaba pasando. Ese sonido que me era tan común que creía haber olvidado, “la felicidad”, producía en mí una sensación placentera y dulce, que me embelesaba hasta quedarme atontada.
Pero de repente, otra vez esa voz, esa voz…
—¡¿Aeto?! —grité en el vacío de la habitación—. ¿Eres tú?
¿Era él? o ¿un sueño preciado y delirante?
Mi mundo volvió por un momento al pasado. Los trozos rotos de mis recuerdos volvieron a formar parte de mi piel.
Ahora él estaba muerto, y con ese pensamiento se esfumó la esperanza que creía haber ganado. Pero aun así, esa voz insistía como un tambor golpeando en mi cerebro:
—Celina, Celina… —decía la voz.
—¡¡¡Sal de mi cabeza, te lo suplico!!! Déjame en paz —le gritaba histérica.
Cada vez sentía más violencia dentro de mí, al oír en la lejanía, resonar sus palabras. Mi garganta, por consiguiente, se llenó de un fulgor intenso. Entonces, la rabia, que corría por mis venas, me impulsó a levantarme; y fue aquí cuando el instinto salvaje se apoderó de mí; y en ese instante, empecé a golpear el muro con fuerza. Él era impasible, ni se movía ni se desmoronaba. En consecuencia, me hice daño en los puños y en las rodillas al caer al suelo derrotada.
—¡No me atormentes, por favor…!!! —dije desconsolada y sin aliento—. Llévame contigo, mi amor, me siento tan vacía que me da igual morir para que tú vuelvas.
Cada día, cada noche… me golpean continuamente estas palabras:
“¿Por qué hui?, ¿por qué te abandoné? ¿Por qué?”.
Las respuestas a ellas se me escapan entre mis manos torpes.
Mi boca ya no sabía a nada. Su cuerpo era lo único que me hacía sentir viva, y su sabor… tan dentro de mí, como sus caricias estaban incrustadas en mi piel. Sólo de pensar que había desaparecido para siempre, un amargor y un vacío negro se aferraban a mí. Ya nada podía colmarme. Solo su remembranza vieja y descolorida, enterrada en mis entrañas, que era revivida por esa maldita voz.
El sonido de tu voz era una reverberación golpeando mi cerebro. ¿Serás mi fantasma eternamente para castigarme por ser tu verdugo? Cada día pienso más en mi culpabilidad y me condeno a mí misma por haberte abandonado a tu suerte.
Oigo sus palabras delirantes. Su cordura estaba llegando a su fin, sus golpes eran intensos, y su exasperación se hacía presente con sus bramidos. Se me ocurrió una idea un poco descabellada, pero que podía servir para engañarla y juntas… o mejor dicho, juntos para ella podamos conseguir huir.
—Celina, soy yo, Aeto, de verdad.



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